Sujeto moral

Cuando abordamos el estudio de la ética contemporánea, solemos centrar nuestra atención en las acciones, es decir, qué está bien, qué está mal y cuáles son sus consecuencias. Sin embargo, antes de juzgar el acto, la filosofía moral nos obliga a hacer una pregunta previa y mucho más profunda: ¿Quién decide, elige y responde por sus actos?

Tanto el sujeto moral como el agente moral responden a esta pregunta. Por eso los usamos como sinónimos. En la gran mayoría de los textos académicos, debates y clases de ética, ambos conceptos se refieren exactamente al individuo que actúa con conciencia, libertad y responsabilidad.

Sujeto moral (El responsable)

En su definición más sencilla, el sujeto moral es la persona que se sabe responsable de sus acciones. El filósofo e historiador francés Jean-Pierre Vernant, en Mito y pensamiento en la Grecia antigua, explica que la conciencia de ser responsables de nuestras acciones es una conquista cultural que surge a medida que los seres humanos comenzamos a vernos menos como instrumentos del destino y más como protagonistas de nuestra propia existencia.

Podemos comprender el sujeto moral (también llamado habitualmente agente moral) como aquella persona que tiene la madurez y la capacidad cognitiva para discernir, elegir libremente cómo actuar y asumir las consecuencias de sus actos. Si un adulto decide mentir, robar o, por el contrario, ayudar a un extraño, está actuando como un sujeto moral. Por esta razón, se le puede juzgar legítimamente como bueno o malo, moral o inmoral.

Para la ética, no somos sujetos morales por el simple hecho de existir biológicamente, lo somos porque tenemos la capacidad de configurar nuestro carácter y tomar decisiones que afectan tanto nuestra dignidad como la de los demás.

Los cuatro pilares del sujeto moral

Para entender este concepto sin dar tantas vueltas, imaginemos que nuestra vida moral se sostiene sobre cuatro columnas firmes. La primera es la conciencia moral, esa especie de juez o brújula interior que nos ayuda a distinguir lo justo de lo injusto. Pero la conciencia no tiene mucho sentido si no tenemos la libertad para elegir, que es el segundo pilar. Si un robot rescata a alguien de un incendio, no decimos que el robot es bueno, porque debido a su programación no tiene otra opción más que hacer el rescate. Nosotros, en cambio, elegimos. Esa elección se activa gracias a la voluntad, el motor intencional que nos empuja a actuar incluso cuando es difícil. Y, todo este circuito se cierra con la responsabilidad, que no es más que mirarse al espejo y decir: «Yo tomé esta decisión y me hago cargo de sus consecuencias».

Cuando estos cuatro elementos se juntan, dejamos de ser simples espectadores y nos convertimos en sujetos morales, autores de nuestra propia historia.

Conciencia moral: el juez interno y el discernimiento

La Conciencia moral es la capacidad de debate interno para comprender el entorno, evaluar las situaciones y distinguir lo que es justo de lo que es injusto. Sin esta lucidez o lenguaje moral, no podríamos juzgar una acción.

La filosofía distingue la conciencia psicológica (darse cuenta de que uno existe) de la conciencia moral (juzgar el valor ético de esa existencia). Ahora bien, es un error ver la conciencia moral solo como una voz pasiva, porque es la facultad de la razón práctica que evalúa nuestras opciones antes, durante y después de actuar, algo así como un tribunal interno. Y funciona mediante un silogismo práctico, primero reconoce una norma universal («hacer daño está mal»), analiza la situación particular («esta mentira dañará a mi amigo») y dicta una sentencia interna («no debo mentir»).

Para Immanuel Kant hacemos lo correcto cuando actuamos por puro deber, usando nuestra razón y sin buscar premios ni temer castigos, tratándonos unos a otros como fines y nunca como herramientas.

El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad.

— Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

La cuestión es que nuestra conciencia moral falla debido a una falta de cultivo ético. Sufrimos de ceguera moral, pero eso no nos exime de la responsabilidad moral de nuestros actos. Si una persona actúa mal por negligencia o pereza en buscar la verdad (ignorancia vencible), sigue siendo responsable.

Libertad: la condición de posibilidad de la ética

La libertad es la raíz que nutre al sujeto moral, sin libertad, la ética es biológicamente imposible. Debemos tener la opción real de elegir entre diferentes cursos de acción. Si un robot está programado para salvar vidas, sus actos no son moralmente buenos, son simplemente mecánicos. Igualmente, si una persona es obligada a actuar bajo una fuerza extrema, su acción no califica estrictamente como un acto moral.

Aquí encontramos dos dimensiones, primero, la libertad de coacción, donde ninguna fuerza física o psicológica externa nos obliga. Segundo, el libre albedrío o autonomía, la capacidad interna de autodeterminarnos hacia un fin elegido por uno mismo.

Cuando la libertad es suprimida, como actuar bajo amenaza de muerte o bajo los efectos de un delirio clínico, dejamos de operar como un agente moral y se suspende el juicio ético sobre nuestra acción.

El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad.

Voluntad: el motor intencional

Mientras la libertad es la posibilidad de elegir, la voluntad es el acto de querer y dirigir el esfuerzo hacia esa elección. Se trata del deseo o la intención deliberada de querer realizar un acto. Es la fuerza mental que nos mueve a perseguir un fin ético específico.

En la evaluación de un acto moral, la intención lo cambia todo. Si intentamos ayudar a alguien a cruzar la calle, pero tropieza accidentalmente, nuestra voluntad era buena (mérito moral), aunque el resultado material haya sido adverso.

Sin embargo, como explica Aristóteles, este motor no funciona de la misma manera para todos. Lo que él llama akrasia o incontinencia, esto es, cuando nuestra conciencia sabe perfectamente qué es lo correcto, pero nuestra voluntad flaquea y cede ante los impulsos inmediatos o las pasiones. Asimismo, Kant nos advierte que «ni en el mundo ni, en general, fuera de él es posible pensar nada que pueda ser considerado bueno sin restricción, excepto una buena voluntad».

Responsabilidad: el espejo retrovisor de las consecuencias

La responsabilidad es la obligación legal y moral de responder por los propios actos y asumir su autoría («yo soy el autor de mis acciones«). Responsabilidad es la contraparte obligatoria de la libertad. El sujeto moral debe ser capaz de asumir las consecuencias de sus actos, ya sean positivas (mérito) o negativas (culpa).

Un sujeto moral no vive en el vacío, tiene una deuda con el otro. La responsabilidad (del latín respondere, prometer a cambio) nace en el momento en que nuestras decisiones impactan el bienestar, los derechos o la dignidad de otras personas.

Aquí encontramos la imputabilidad, la propiedad por la cual un acto puede ser atribuido directamente a alguien como su causa eficiente. El sujeto moral maduro no busca culpables externos (el destino, la suerte, la sociedad), asume la autoría tanto del acierto como del daño provocado.

¿Cómo operan juntos?

Imaginemos un dilema moral donde decidimos devolver un dinero encontrado.

  1. Nuestra conciencia nos avisa qué es lo justo.
  2. Nuestra libertad nos asegura que nadie nos esta obligando a actuar de un modo u otro.
  3. Nuestra voluntad toma la decisión firme de buscar al dueño y entregar el dinero.
  4. Nuestra responsabilidad nos hace dar la cara ante las consecuencias o el impacto de nuestra honestidad.

Estos elementos no funcionan de forma aislada, funcionan como un engranaje secuencial. Si uno de ellos falla o se elimina, la dimensión ética de nuestra acción se desmorona por completo. Somos poseedores de conciencia, libres para elegir entre el sí y el no con toda la intención de nuestros deseos, y responsables de nuestras acciones.

Sujeto moral y agente moral

Tratamos al sujeto moral y al agente moral en las mismas condiciones. No obstante, si nos ponemos muy estrictos con el rigor del discurso filosófico, existe un pequeño matiz conceptual entre sujeto y agente. El agente moral hace énfasis en la acción. La palabra agente viene del latín agere, que significa actuar o hacer. Por lo tanto, este término se enfoca en la capacidad activa de tomar decisiones libres, discernir el bien del mal y ejecutar acciones que tienen un impacto ético. Por su parte, el término sujeto proviene del latín subiectus (lo que está puesto debajo, la base). La palabra sujeto pone la atención en el yo consciente. De ahí, que el sujeto moral hace énfasis en la identidad y estructura interna. Se refiere a la estructura mental, la cognición moral, la autonomía, los valores y la autorreflexión. Es la persona que decide y asume internamente la responsabilidad de lo que hace (agencia moral interna).

La persona que actúa es tanto un agente moral (actuar moralmente) y un sujeto moral, un yo consciente (Ser). En términos sencillos, el sujeto moral es la condición de posibilidad, mientras que el agente moral es la acción en marcha.

El sujeto moral: la estructura y la identidad (El que es)

En la psicología filosófica contemporánea, Augusto Blasi es el autor definitivo para explicar la Cognición moral. Él explica que una persona puede saber qué es lo bueno (juicio), pero solo actúa moralmente si la moralidad está integrada en su propia identidad personal (en su sí mismo). Dicho de otra manera, cuando la moral es parte de nuestro Ser, actuamos para ser fieles a nosotros mismos: «La identidad moral se construye cuando los propios compromisos morales de un individuo se integran de manera central en el sentido mismo de su ‘yo’ o su sí mismo, convirtiéndose en un criterio fundamental de su coherencia e identidad personal».

Así, el sujeto moral es el soporte interno de la moralidad. Es introspectivo porque se centra en nuestras condiciones psicológicas, cognitivas y existenciales. Es esa parte de nosotros que entiende el valor y asume la culpa o la autorreflexión.

En el debate, cuando hablamos de sujeto moral, estamos analizando la dignidad innata del individuo, su autoconocimiento y su capacidad de ser el autor de su propia vida, es decir, su autonomía y autocoherencia.

El agente moral: la ejecución (El que hace)

Un agente moral es una persona que al actuar «se espera que cumpla con las exigencias de la moralidad». Esto es, que tiene la capacidad de discernir el bien del mal y de ser responsable de sus propias acciones. Los agentes morales tienen la responsabilidad moral de no causar daños injustificados.

Los agentes morales son aquellos agentes que se espera cumplan con las exigencias de la moralidad. No todos los agentes son agentes morales. Los niños pequeños y los animales, al ser capaces de realizar acciones, pueden ser agentes de la misma manera que las piedras, las plantas y los coches no lo son. Pero aunque son agentes, no se consideran automáticamente agentes morales. Porque un agente moral también debe ser capaz de ajustarse al menos a algunas de las exigencias de la moralidad.

— Vinit Haksar, Agentes morales en Routledge Encyclopedia of Philosophy

La agencia moral es el despliegue práctico del sujeto en el mundo real. Es extrospectivo y pragmático, se centra en la acción, las decisiones relacionales y sus consecuencias tangibles.

En el debate, cuando hablamos de agente moral, estamos analizando la transacción ética, el cumplimiento del deber y el impacto directo de la conducta de alguien sobre el entorno.

La agencia moral se asigna solo a quienes pueden ser responsables de sus actos. Por eso, los niños, y los adultos con ciertas discapacidades mentales, pueden tener poca o ninguna capacidad para ser agentes morales. Al esperar que las personas actúen como agentes morales, hacemos que las personas rindan cuentas por el daño que causan a otros.

El sujeto de valor moral (El que es protegido)

Resulta fácil confundir sujeto moral con sujeto de valor moral. El sujeto moral (o agente moral) es quién tiene la capacidad e intelecto para actuar y tomar decisiones éticas, asumiendo obligaciones hacia el resto. Humanos adultos con plenas facultades mentales.

Mientras que el sujeto de valor moral (en ocasiones llamado paciente moral o entidad con estatus moral), es cualquier ser o entidad que es vulnerable al daño y, por ende, merece protección y consideración moral por parte de los agentes. Niños pequeños, animales, el medio ambiente y el patrimonio cultural. Al sujeto de valor moral no se le exige que razone, que entienda las leyes o que tome decisiones éticas.

El sujeto de valor moral responde a la pregunta: ¿Quién tiene el derecho de ser protegido por mis obligaciones y por qué?

Un bebé de pocos meses, un perro o un bosque no tienen la capacidad racional ni la libertad para ser juzgados moralmente si hacen algo perjudicial. No son agentes morales. Sin embargo, si un agente moral los lastima, está cometiendo un acto moralmente incorrecto porque ellos tienen valor moral inherente. Son merecedores de respeto y cuidado.

No todos los sujetos de valor moral forman parte de la comunidad moral

Una comunidad moral es un grupo de personas que comparte un mismo marco moral. Este marco moral incluye valores, creencias, normas, leyes y costumbres que nos ayudan a distinguir lo que consideramos correcto o incorrecto en nuestra forma de convivir. Estos referentes son heredados y se transmiten de generación en generación a través de la cultura. Asimismo, esta herencia moral compartida permite que los integrantes de la comunidad se reconozcan como parte de una misma manera de comprender y orientar la vida en común.

Las personas siempre son consideradas sujetos de valor moral. La comunidad moral incluye a todas las personas desde el nacimiento hasta la muerte. Teóricamente, toda persona en la comunidad moral tiene derechos iguales y naturales a la protección moral.

Según la filósofa Deni Elliott y otros, todos los miembros de la comunidad moral son sujetos de valor moral. Sin embargo, no todos los sujetos de valor moral forman parte de la comunidad moral. Por ejemplo, los animales, el arte, los artefactos culturales y el medio ambiente no son miembros de la comunidad moral, aunque deberían protegerse de daños injustificados.

El sujeto moral en nuestros días

La verdad es que podemos actuar como sujetos morales responsables, pero no siempre lo hacemos. De hecho, una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que disponemos de mayores niveles de educación, información y libertad formal que muchas sociedades del pasado, pero al mismo tiempo existen fuerzas que diluyen el sentido de responsabilidad personal.

Sin embargo, todavía reconocemos que nuestros actos tienen consecuencias y aceptamos cierta responsabilidad sobre ellas. Cada día millones de personas tomamos decisiones conscientes sobre nuestro trabajo, familia, relaciones, compromisos ciudadanos y comportamiento frente a los demás. Aún hay quienes cumplimos promesas, pedimos disculpas por nuestros errores, ayudamos a otros o denunciamos injusticias.

La existencia misma de conceptos como derechos, deberes, justicia, responsabilidad o ciudadanía supone que seguimos considerándonos responsables de nuestros actos (Sujetos morales).

La condición de responsabilidad se ha debilitado

Muchos pensadores contemporáneos sostienen que existe una crisis de la responsabilidad donde, con demasiada frecuencia, atribuimos nuestras acciones a factores externos como el poder de la mayoría, las circunstancias, las redes sociales,, la sociedad, la vida, el destino o Dios.

Ahora bien, no se trata de negar la influencia del contexto, que es real, se trata de observar cómo evitamos asumir la propia participación en los hechos. El problema es que cada vez es más grande la grieta entre nuestras decisiones y sus consecuencias. Y, cuanto más distante se vuelve la consecuencia de la acción, más difícil resulta sentirse responsable de ella.

Por ejemplo, compramos cosas sin saber cómo fueron fabricadas, los daños ambientales y los derechos humanos fundamentales que han sido vulnerados. Compartimos información sin verificar su veracidad, votamos por odios o simpatías sin conocer las propuestas de gobierno, y utilizamos tecnologías que destruyen nuestras capacidades cognitivas y cuyos efectos sociales desconocemos. Las consecuencias de todo esto son catastróficas, van desde la pérdida de nuestros derechos fundamentales hasta la ruptura del tejido social y la destrucción del planeta.

Formación del sujeto moral

La cuestión es hasta qué punto estamos dispuestos a evadir la responsabilidad de nuestras acciones. Cada época enfrenta fuerzas que buscan diluir la responsabilidad personal. Sin embargo, allí donde una persona reflexiona sobre sus actos, puede reconocer sus consecuencias y responder por ellas ante sí misma y ante los demás.

En este sentido, Aristóteles nos dice con un tono muy sabio que nadie nace siendo un santo o un villano. Para él, el ser responsable (Sujeto moral) se construye en el día a día a través del hábito.

Las virtudes no nacen en nosotros ni por naturaleza ni contrariamente a la naturaleza, sino que, siendo nosotros naturalmente capaces de recibirlas, las perfeccionamos en nosotros por la costumbre… Nos hacemos justos practicando actos justos, moderados haciendo actos moderados, valientes haciendo actos valientes.

— Aristóteles, Ética a Nicómaco

El sujeto moral no es una conquista definitiva. Es una construcción humana que cada generación debe renovar mediante la conciencia, la reflexión y la responsabilidad compartida.

¿Nos estamos formando como personas capaces de responder por nuestros actos, o estamos aprendiendo a delegar nuestra responsabilidad en las circunstancias, los grupos, los algoritmos o las tendencias del momento?

Semillas de reflexión

El sujeto moral es el yo consciente que experimenta el peso de la culpa, y tiene la capacidad de sufrir y autorreflexionar sobre sus propios valores. Somos seres capaces de deliberar, elegir y responder por nuestras decisiones ante sí mismos y ante la comunidad.

Como sujetos morales, dueños de nuestra conciencia y de nuestra vulnerabilidad, nuestra mayor obligación ética en el siglo XXI es proteger a los verdaderos sujetos de valor moral (los niños, los animales, nuestro ecosistema) y asumir, sin excusas las consecuencias de nuestras decisiones y actos.

Porque no somos un instrumento de fuerzas externas, somos los autores de nuestra propia historia.