Breve definición de educación

Una breve definición de educación es el proceso de integrarse en una cultura. Esto significa que la educación encierra la totalidad de todas las actividades, que buscan desarrollar la personalidad individual y la socialización de una persona. Para hacernos una idea de la magnitud de esta tarea, imaginemos por un momento cómo seríamos nosotros y cómo sería la sociedad sin educación. La imagen es, irremediablemente, el colapso total de las estructuras que sostienen la vida en sociedad.

Ahora bien, la educación es mucho más que lo explicado en esta breve definición. Ella es uno de los hilos invisibles que sostienen la vida humana. Gracias a ella descubrimos la dignidad de nuestra condición humana, cultivamos la sensibilidad y orientamos nuestros actos hacia la justicia y la solidaridad.

Definición 

La definición actual del Diccionario de la Lengua Española, precisa la educación como acción y efecto de educar. Esto es, de manera general, dirigir, encaminar y doctrinar. De manera concreta, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etcétera.

La educación como un hecho social

En su definición más breve, la sociología nos dice que podemos entender la educación como un proceso de enculturación, como el camino mediante el cual aprendemos y adoptamos las normas, valores y comportamientos de nuestra cultura para integrarnos en ella. De manera singular y específica, la educación es la suma de todas las actividades que buscan desarrollar nuestra personalidad y socialización. A su vez, la socialización es la adaptación a patrones colectivos de pensamiento y sentimiento, lograda mediante la internalización de normas sociales que nos permiten convivir y reconocernos como parte de una comunidad. 

En otras palabras, se trata de adquirir hábitos externos que nos permiten habitar un mundo compartido y, de esta manera, inscribirnos en la trama simbólica que nos precede y nos sostiene. 

La educación como camino de independencia

Otra definición importante la ofrece la ciencia, donde la educación se concibe como el conjunto de acciones y comportamientos conscientes e intencionales de personas con mayor experiencia, que permiten a quienes poseen menos capacidades o conocimientos llevar una vida independiente. En otras palabras, es el gesto de compartir lo aprendido para que otra persona pueda vivir su propia vida con dignidad y autonomía.

La educación como proceso de humanización

Para la filosofía, la educación verdadera no es un proceso de domesticación, donde somos llenados de conocimiento como si fuéramos recipientes vacíos. En su lugar, la educación es concebida como un horizonte de humanización del Ser. En esta visión, la educación nos transmite saberes y nos ayuda a descubrir nuestra capacidad para intervenir en el mundo y transformarlo.

El sujeto de la educación

En su obra Educación como socialización, Émile Durkheim explica que somos guiados desde el exterior por la coherencia social (las leyes y la cultura, incluidos en ésta última los sistemas de valores), y desde el interior por la capacidad de autorregulación y autoevaluación (autonomía). 

En consecuencia, en el sentido social, más allá de preparar las nuevas generaciones para recibir, conservar y enriquecer la herencia cultural del grupo, la educación tiene como objeto general propiciar la coherencia entre las pautas externas e internas de la persona. Esto es, que debe realizar una actividad de socialización y una actividad social en cada uno de nosotros.

La actividad de socialización se refiere al proceso de construcción de nuestra identidad individual, la cual implica el sano desarrollo de la autonomía. Es decir, nuestra capacidad de bastarnos a sí mismos para preservar la propia individualidad frente a los demás. Por su parte, la actividad social se refiere a los diversos modos de pensamiento que constituyen la coherencia social, como la correspondencia entre la ley y la cultura. 

Así, el sujeto de la educación es la persona como tal y por ende la colectividad o sociedad, ya que ésta es el conjunto de personas.

El objetivo de la educación

El objetivo de la educación es actualizar todas nuestras virtudes, extrayendo desde adentro lo que hereditariamente traemos con nosotros, haciendo posible la realización de la propia personalidad. Para, de esta manera, favorecer la conservación de una forma de vida en sociedad movilizada por valores de justicia y solidaridad, sin los cuales no es viable la vida en sociedad. 

El fin último de la educación es desplegar la plenitud de nuestro ser. Cada ser humano está llamado a constituirse y desarrollarse desde la perspectiva integral de la persona, en un proceso continuo y participativo que busca armonizar todas las dimensiones de la existencia. 

La formación integral es el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónica y coherentemente todas y cada una de las dimensiones del ser humano, a fin de lograr su realización plena en la sociedad.

(ACODESI, 2002: 13)

Educarse es aprender a tejer la propia vida como una obra de arte, donde la razón y la sensibilidad se entrelazan para dar forma a una personalidad coherente con su propia humanidad. Es renovar nuestras virtudes, extraer desde lo más profundo aquello que heredamos, y transformarlo en una fuerza capaz de orientar nuestros actos hacia el bien común.

La lección de música de Vermeer 

Este cuadro de Vermeer nos recuerda que la educación más que transmisión de conocimientos, es una apertura a la sensibilidad y a la belleza. En la escena, maestro y discípula se reúnen alrededor del arte, y en ese gesto se revela la esencia de educar, que no es otra que despertar la curiosidad y la creatividad. Así, la música se convierte en metáfora de la educación misma, ya que ambas requieren atención, disciplina y sensibilidad, pero también apertura al misterio y a la belleza. Así como las notas se enlazan para formar una melodía, los actos educativos se entretejen para dar forma a una vida plena, consciente y digna. 

Aprender es siempre un acto de apertura 

Se suele pensar que la educación está destinada principalmente a niños y adolescentes, como si fuera un tránsito limitado a las primeras etapas de la vida. Sin embargo, la educación es un proceso inacabable que no conoce fronteras temporales, algo así como un horizonte que se despliega mientras existimos. 

Las formas de enseñanza abarcan desde los gestos más elementales como aprender a caminar, atarse los zapatos, encender un fuego hasta las expresiones más complejas del arte y el conocimiento como pintar, tocar el piano, o formar expertos en medicina, derecho y arquitectura. Pero también se extienden hacia las dimensiones más profundas de lo humano como la comprensión de los derechos, la vivencia de los valores y la interiorización de principios éticos que sostienen nuestra convivencia. 

La educación, en este sentido, es una compañera de viaje que nos invita a renovar nuestras capacidades, a descubrir nuevas formas de ser y a cultivar la conciencia de nuestra dignidad. Porque aprender es siempre un acto de apertura hacia el mundo, hacia los otros, hacia nosotros mismos y hacia lo trascendental, donde el alma recuerda las verdades eternas.

Cuando la educación pierde su esencia 

La educación, en su sentido más profundo, es un canto de libertad y dignidad. Sin embargo, puede ser pervertida cuando se convierte en herramienta del Estado o de intereses económicos que buscan moldear conciencias para la obediencia o el consumo. En esos casos, la educación se aleja de su objetivo primordial: formar personas libres, críticas y solidarias

Cuando se reduce a un mecanismo de control, la educación deja de ser apertura y se transforma en adoctrinamiento. Cuando se subordina a la lógica del mercado, se convierte en mercancía, esto es un bien que se compra y se vende, y no un proceso de crecimiento humano. Así, lo que debería ser camino hacia la autonomía se degrada en simple capacitación para la productividad. 

La educación auténtica es aquella que resiste la instrumentalización, por eso cuando el Estado o las instituciones fallan, permanece la obligación íntima de educarnos a nosotros mismos. Porque somos sujetos de conocimiento y acción, portadores de autonomía, inviolabilidad y dignidad.

Todos tenemos el deber moral de educarnos 

La educación no es únicamente un derecho, también es un deber moral que nos compromete como individuos y como comunidad. Cada ser humano es sujeto de conocimiento y acción, y en esa doble condición se revela la responsabilidad de cultivarnos. Porque la sociedad, aunque formada por muchos, es siempre reflejo de cada uno de sus componentes, es decir, lo que cada persona siembra en sí misma florece en el tejido colectivo. 

Así, la educación se convierte en un camino de autonomía y dignidad que nos invita a reconocernos como personas morales, conscientes y responsables de nuestros actos. Es la tarea de construirnos a nosotros mismos en diálogo con los otros, en la certeza de que al educarnos también cuidamos y fortalecemos la comunidad que habitamos. 

Semillas de reflexión

Si bien podemos concebir la educación como un proceso, también es un horizonte de sentido que nos acompaña a lo largo de toda la vida. Un horizonte que nos invita a crecer en dignidad, a cultivar la conciencia y a descubrir en la convivencia la posibilidad de una existencia plena y justa.

Aunque pueda ser instrumentalizada por intereses ajenos, su esencia permanece como un canto de libertad y esperanza, capaz de resistir y renovarse en cada acto de aprendizaje. 

Educarse es un gesto de confianza en la humanidad, porque poseemos el potencial para desplegar nuestro ser, tejer nuestra vida como obra de arte y contribuir al bien común. Por eso, la educación nunca termina. Ella es un viaje perpetuo que nos recuerda que ser humanos es aprender a ser más humanos.