Noción de obligación en Weil y la justicia del amor
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 -concerniente al Pueblo Francés- basa la idea de sociedad en la noción de derecho y no en la de obligación, estableciendo derechos y luego deberes. Simone Weil cuestiona el contenido y lo invierte: primero son las obligaciones y luego los derechos, la noción de derecho depende de la obligación para existir. Porque un derecho únicamente tiene sentido en la medida en que los demás cumplen con su obligación de respetarlo.
De esta manera, Weil comienza su obra Echar raíces (L’Enracinement) con la inversión del derecho a la obligación: «La noción de obligación prima sobre la de derecho, que está subordinada a ella y es relativa a ella. Un derecho no es eficaz por sí mismo, sino sólo por la obligación que le corresponde.»
«Un derecho no reconocido por nadie no es gran cosa.»
Weil explica que el respeto de un derecho no depende de que, en efecto, tengamos ese derecho, sino más bien de que las demás personas se sientan obligadas «a algo hacia ese derecho.» Por ejemplo, si, al igual que un náufrago, uno se encontrara solo en el universo, indudablemente uno tendría deberes hacia sí mismo, pero ningún derecho, dado que no existiría alguien a quien trasgredir o respetar dicho derecho. En cambio, la obligación «es eficaz desde el momento en que queda establecida». De hecho, no importa si ésta no es reconocida por los demás, y añade que «un derecho no reconocido por nadie no es gran cosa.»
Carece de sentido decir que los hombres tienen, por un lado, derechos, y por otro, deberes. Esas palabras sólo expresan puntos de vista diferentes. Su relación es la del objeto y el sujeto. En sí mismo, un hombre sólo tiene deberes, entre los que se cuentan algunos para consigo mismo; los demás, desde su punto de vista, sólo tienen derechos. A su vez, hay derechos cuando a ese hombre se le considera desde el punto de vista de los demás, obligados para con él. Un hombre solo en el universo no tendría ningún derecho, pero sí tendría obligaciones.
─ Simone Weil, Echar raíces
«El derecho… es ajeno al bien.»
Como vemos, los derechos no son efectivos de manera autónoma, más bien están subordinados y vinculados con las obligaciones. Planteado de esta manera, la ley surge de la obligación y, para que existan los derechos, es necesario que el derecho del hombre proceda de los deberes.
Los desafortunados, sumergidos en el mal, aspiran al bien. No hay que darles más que palabras que expresen solo el bien, el bien en estado puro. La discriminación es fácil. Las palabras a las que puede unirse algo que designe un mal son ajenas al bien puro. […] La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer un buen o un mal uso de él. El derecho, por lo tanto, es ajeno al bien. Al contrario, el cumplimiento de una obligación es un bien siempre, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes.
─ Simone Weil, La persona y lo sagrado
«Deber para con el ser humano.»
Mientras que los derechos están sujetos a un sin fin de condiciones, la obligación es independiente «de todas las condiciones», no se basa «en ninguna convención» y está «por encima de este mundo», nos obliga a todos por igual y se aplica a todos sin excepción.
De esta manera, Weil le otorga una dimensión incondicional a la obligación, que debe compararse con la segunda formulación del imperativo categórico de Kant, la formulación de la humanidad, según la cual debemos tratar a la humanidad siempre como un fin y nunca como un simple medio.
El objeto de la obligación, en el ámbito de las cosas humanas, es siempre el hombre como tal. Hay obligación hacia todo ser humano por el mero hecho de serlo, sin que intervenga ninguna otra condición, e incluso aunque el ser humano mismo no reconozca obligación alguna.
─ Simone Weil, Echar raíces
La cuestión es que las acciones concretas que las obligaciones exigen que se lleven a cabo pueden variar de un caso a otro. Por tanto, la obligación más esencial consiste en satisfacer las necesidades fundamentales de los demás, tanto físicas como espirituales.
La justicia del amor de Weil se basa en la idea de las obligaciones morales tal como las atestigua la historia, por ejemplo, el deber de alimentar a los hambrientos es una obligación moral universal.
Es pues una obligación eterna hacia el ser humano no dejarle pasar hambre cuando se le puede socorrer. Al ser ésta la obligación más evidente, debe servir de modelo para elaborar la lista de los deberes eternos hacia todo ser humano.
─ Simone Weil, Echar raíces
«Las necesidades de un ser humano son sagradas.»
De forma explícita, la justicia del amor de Weil se refiere a las obligaciones, no a los derechos. De hecho, critica a los partidos políticos por su lenguaje de los derechos, calificándolo de «una insistencia estridente de demandas y contrademandas».
Dado que la obligación fundamental que nos une con todos los demás es la de «satisfacer las necesidades terrenas del alma y del cuerpo de todo ser humano en la medida de lo posible», Weil propone una lista de las necesidades del alma, al tiempo que especifica que puede ser revisada y mejorada: orden, libertad, obediencia, responsabilidad, igualdad, jerarquía, honor, castigo, libertad de opinión, seguridad, riesgo, propiedad privada, propiedad colectiva, verdad y arraigo.
Para Weil, nuestras necesidades son sagradas y su satisfacción no puede estar subordinada a «razones de estado, ni a ninguna consideración de dinero, nacionalidad, raza o color, ni al valor moral o de otra índole atribuido a la persona de que se trate, ni a ninguna condición.»
«La justicia consiste en velar para que no se haga daño a las personas.»
La obligación de justicia es fundamentalmente incondicional, pero también es eterna y se basa en un deber hacia la naturaleza misma de la humanidad. Esto significa que para que exista la justica debemos tratar al prójimo siempre como un fin y nunca como un simple medio.
Weil afirma que cuando estamos heridos y gritamos «¿por qué me haces daño?», llamamos el espíritu de amor y atención. Cuando preguntamos «¿por qué tiene más que yo?», nuestra recompensa se vuelve condicional al poder y a la demanda.
Justicia, verdad, belleza son hermanas y aliadas. Con tres palabras tan hermosas no hay necesidad de buscar otras. La justicia consiste en velar para que no se haga daño a las personas. Se hace daño a un ser humano cuando él grita internamente: «¿Por qué me hacen daño?». A menudo se equivoca al tratar de entender qué daño sufre, quién se lo inflige y por qué. Pero el grito es infalible. El otro grito que se escucha con frecuencia: «¿Por qué el otro tiene más que yo?» se relaciona con el derecho. Es necesario aprender a distinguir entre estos dos gritos y silenciar el segundo tanto como sea posible, con la menor brutalidad posible, utilizando un código, tribunales ordinarios y la policía. Para formar mentes capaces de resolver problemas en este ámbito, la Escuela de Derecho es suficiente.
─ Simone Weil, La persona y lo sagrado
Noción de desarraigo en Weil y la justicia del amor
Weil nos dice que los seres humanos tenemos una raíz en virtud de nuestra «participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro.» De manera especial, tenemos una participación natural gracias al entorno, el lugar de nacimiento o nuestra profesión.
El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte naturalmente.
─ Simone Weil, Echar raíces
Weil cree que el desarraigo es un estado en el que ya no tenemos una conexión profunda y viva con nuestro entorno, tampoco tenemos una conexión con nuestro pasado ni sentimos que ocupamos un lugar pleno y relevante en el mundo.
«El desarraigo constituye con mucho la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas.»
Como tal, el desarraigo es «la enfermedad más peligrosa» de nuestra sociedad, precisamente, porque «se multiplica por sí misma». Dice Weil, el desarraigo, sólo nos permite dos comportamientos, por un lado, una «inercia del alma casi equivalente a la muerte», la cual compara Weil con la inercia de la mayoría de los esclavos en tiempos del Imperio romano o, por otro lado, «una actividad tendente siempre a desarraigar» con frecuencia por medio de la violencia.
De las formas actuales de la enfermedad del desarraigo, el desarraigo de la cultura no es el menos alarmante. La primera consecuencia de dicha enfermedad es generalmente, en todos los ámbitos, que, al haber cortado las relaciones, cada cosa es considerada como un fin en sí mismo. El desarraigo engendra idolatría.
─ Simone Weil, Echar raíces
En el pensamiento de Weil la existencia del mal es inevitable y una de sus dimensiones es, precisamente, la idolatría. Ahora bien, este aspecto del mal enfatiza nuestro papel, humano y político, en la reproducción de la necesidad.
Nos separan, principalmente, cuatro obstáculos de una civilización susceptible de tener algún valor. Nuestra falsa concepción de la grandeza; la degradación del sentimiento de la justicia; nuestra idolatría del dinero, y la ausencia en nosotros de inspiración religiosa.
─ Simone Weil, Echar raíces
«Hay dos venenos que propagan esta enfermedad.»
Hay muchas razones para el desarraigo, advierte Weil, entre ellos la conquista de un país por extranjeros y las relaciones sociales en el interior de un mismo país. Pero dos de los factores más importantes son la creciente influencia del dinero -que tiende a corromper la mayoría de las otras formas de motivación- y la instrucción de masas.
En nuestro ámbito, en nuestros días, aparte de la conquista, hay dos venenos que propagan esta enfermedad. Uno es el dinero. El dinero destruye las raíces por doquier, reemplazando los demás móviles por el deseo de ganancia. Vence sin dificultad a cualquier otro móvil porque exige un esfuerzo de atención mucho menor. Nada tan claro y simple como una cifra. […] El segundo factor de desarraigo es la instrucción tal como se la concibe hoy. […] Lo que hoy llamamos instrucción de masas consiste en tomar esta cultura moderna elaborada en un ámbito así de cerrado, de viciado, de indiferente a la verdad, quitarle cuanto aún pueda contener de oro puro, operación denominada vulgarización, y hornear el residuo tal cual en la memoria de los desgraciados que desean aprender, a la manera que se da alpiste a los pájaros.
─ Simone Weil, Echar raíces
«Una condición social entera y perpetuamente subordinada al dinero es la de asalariado.»
El trabajo es fundamental para el alma, pero no el trabajo que oprime el espíritu con aburrimiento o violencia. Weil comprende los valores espirituales singulares del trabajo como aquellos que perfeccionan nuestra capacidad humana para la atención, el amor al prójimo, la oración y la comprensión de los límites humanos.
Igualmente, sostiene que el desarraigo es diferente para los trabajadores y los campesinos. Explica que en la Francia del siglo XX y en otras regiones, la situación de los desarraigados es más grave en las ciudades, particularmente entre los empleados de bajo salario que dependen completamente del dinero para cubrir sus necesidades básicas.
Una condición social entera y perpetuamente subordinada al dinero es la de asalariado, sobre todo a partir del momento en que el salario a destajo obliga a cada obrero a fijar en todo momento su atención en la cuenta de lo que gana. En esta condición es donde la enfermedad del desarraigo es más aguda.
─ Simone Weil, Echar raíces
Tratar el desarraigo implica encontrar una motivación para el trabajo diferente al dinero: una espiritualidad en el trabajo. No obstante, Weil admite que esto resulta imposible para las personas desempleadas y de bajos ingresos en la Francia devastada por la guerra. Por ello, se centra en la importancia de la educación de sus hijos, una educación que devuelva la alegría al estudio.
«Un alma joven que despierta al pensamiento necesita el tesoro acumulado por la especie humana a lo largo de los siglos.»
Tanto el trabajo como la educación son esenciales para implementar la ética de la atención de Weil y su justicia del amor. Ella propone una formación espiritual, cuyo único objetivo es la atención: dirigir el alma hacia el Bien. Según Weil, la educación es un don, no un privilegio o ventaja sobre los demás.
Una vez reemplazada la noción de derecho por la de obligación vinculada a la necesidad puede discernirse claramente qué exige la justicia en este ámbito. Un alma joven que despierta al pensamiento necesita el tesoro acumulado por la especie humana a lo largo de los siglos. A un niño se le perjudica cuando se le educa en un cristianismo estrecho que le incapacite por siempre para reparar en los tesoros de oro puro contenidos en las civilizaciones no cristianas. La educación laica aún causa un daño mayor, pues disimula esos tesoros, principalmente los del cristianismo.
─ Simone Weil, Echar raíces
Weil: justicia del amor
La justicia del amor de Weil consiste en asegurarnos de que no se haga daño a los demás, partiendo de la idea de las obligaciones morales tal como las atestigua la historia. Weil determina con toda claridad que la justicia del amor es incondicional y eterna, fundamentada en un deber hacia la naturaleza misma de la humanidad.
Por lo tanto, es nuestro deber dirigir la atención tanto a Dios como al dolor y al sufrimiento, y actuar desde la perspectiva del otro, la empatía, la compasión y el respeto mutuo. Porque justicia, verdad y amor hacia el prójimo son lo mismo: «El bien es uno»
Dios no se manifestaba todavía. Produjo una forma superior, la justicia. La justicia es la soberanía de la soberanía. Por ello no hay nada por encima de la justicia. El que carece de poder puede igualar al que es muy poderoso por medio de la justicia, como por medio de una autoridad regia. Lo que es justicia es verdad. Por eso, cuando alguien dice la verdad, se dice: «Es justo», y cuando alguien dice la justicia se dice: «Es verdad». Pues realmente justicia y verdad son lo mismo.
─ Simone Weil, Echar raíces