Goleman: inteligencia emocional

En su libro La inteligencia emocional, Daniel Goleman muestra que las posturas éticas fundamentales de la vida nacen de las habilidades emocionales. El desarrollo moral, por tanto, va de la mano del desarrollo de dichas habilidades, así, aprender a reconocer, regular y orientar nuestras emociones es también aprender a vivir con responsabilidad y cuidado hacia los demás. La inteligencia emocional no se limita a la gestión individual, ya que es un fundamento de la ética relacional y de la convivencia.

Sobre la inteligencia emocional

Todo indica que, al momento de tomar decisiones y actuar, los sentimientos con frecuencia pesan más que los pensamientos racionales. Esto ocurre porque nuestro cerebro, además de contar con un entramado neuronal destinado a la razón, posee un mecanismo específico para las emociones. Dicho mecanismo responde con mayor rapidez que la mente racional, descartando en muchas ocasiones la reflexión pausada de la mente pensante.

Las habilidades que conforman la inteligencia emocional se centran en la conciencia de uno mismo y en el manejo de uno mismo. En conjunto, estas capacidades constituyen el carácter, que se forja mediante la autodisciplina. La autodisciplina, a su vez, exige la capacidad de automotivación y autorregulación, es decir, saber orientar la energía emocional hacia fines constructivos y mantener el equilibrio frente a los impulsos.

De igual manera, el cerebro está diseñado para que las personas nos relacionemos integrando lo cognitivo y lo emocional en nuestras experiencias sociales. La inteligencia emocional es un tejido que une pensamiento y sentimiento, permitiéndonos convivir, cooperar y construir vínculos más sólidos y responsables.

¿Qué es la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional es la capacidad de reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones, así como de percibir y responder adecuadamente a las emociones de los demás. Goleman la describe como un conjunto de habilidades que influyen directamente en cómo nos relacionamos, tomamos decisiones y afrontamos la vida cotidiana.

Goleman identifica cinco pilares o habilidades o competencias que sostienen la inteligencia emocional. El primero es la autoconciencia, la capacidad de reconocer nuestras emociones y comprender cómo influyen en nuestros pensamientos y acciones. A partir de allí surge la autorregulación, que nos permite manejar impulsos y canalizar las emociones de manera equilibrada, evitando que nos dominen. La motivación constituye otro eje que nos permite orientar la energía emocional hacia metas constructivas, con perseverancia y propósito.

La empatía, por su parte, nos abre a comprender las emociones de los demás y responder con sensibilidad y cuidado. Finalmente, las habilidades sociales nos permiten construir relaciones sólidas, cooperar, resolver conflictos y liderar con inteligencia afectiva. Estos cinco componentes son un entramado que convierte la emoción en virtud práctica y sostiene la vida ética y social.

Diálogo con tradiciones éticas clásicas

La propuesta de Goleman dialoga con intuiciones filosóficas antiguas. Sócrates ya señalaba el «conócete a ti mismo» como raíz de la vida moral, anticipando la importancia de la autoconciencia. Aristóteles vinculaba la autorregulación y la motivación con la virtud como hábito orientado al bien, mostrando que el dominio de las pasiones es condición de la excelencia moral.

Confucio resaltaba la armonía y el respeto en las relaciones, en sintonía con la empatía y las habilidades sociales que sostienen la convivencia. Buda enseñaba la regulación emocional y la compasión como camino hacia la liberación del sufrimiento, recordándonos que la inteligencia emocional también es práctica espiritual. Santo Tomás, finalmente, integraba motivación y empatía en la caridad, virtud que ordena las demás y que orienta la vida hacia el bien común.

Como podemos apreciar, la inteligencia emocional no es un invento moderno, es una actualización de un saber antiguo, porque la ética siempre ha reconocido que comprender y orientar las emociones es inseparable de saber vivir bien.

Empatía

La empatía es la habilidad decisiva en las relaciones interpersonales. Conduce al interés genuino por los demás, al altruismo y a la compasión. Observar la realidad desde la perspectiva del otro rompe estereotipos preestablecidos y abre el camino hacia la tolerancia y la aceptación de las diferencias.

Daniel Goleman recuerda que el impulso es un sentimiento que busca expresarse en la acción, y quienes carecemos de autodominio padecemos una deficiencia moral, porque la capacidad de controlar el impulso es la base de la voluntad y del carácter. En este sentido, la raíz del altruismo se encuentra en la empatía, en nuestra capacidad de interpretar las emociones de los demás. Ahora bien, si no percibimos la necesidad o la desesperación del otro, no surge en nosotros la preocupación ni la disposición a actuar en su favor.

En principio, el impulso es un sentimiento que estalla por expresarse en la acción. Quienes están a la merced del impulso –los que carecen de autodominio– padecen una deficiencia moral: la capacidad de controlar el impulso es la base de la voluntad y del carácter. Por la misma razón, la raíz del altruismo se encuentra en la empatía, la capacidad de interpretar las emociones de los demás; si no se siente la necesidad o la desesperación del otro, no existe preocupación.

―Daniel Goleman, La inteligencia emocional 

La empatía es tanto un recurso afectivo como un fundamento ético, que nos invita a salir de nosotros mismos, a reconocer la vulnerabilidad ajena y a responder con cuidado.

Las habilidades emocionales se gestan en la cuna

El aprendizaje de las habilidades emocionales comienza en la misma cuna. Daniel Goleman explica que la inteligencia emocional empieza a desarrollarse desde los primeros meses de vida y se prolonga a lo largo de la infancia. Cada intercambio entre padres e hijos ocurre en un contexto emocional, y la frecuencia y calidad de esos intercambios determinan la actitud y las capacidades emocionales del niño.

El pediatra Berry Brazelton, de Harvard, diseñó un sencillo test para observar la actitud básica de un bebé hacia la vida. Consiste en ofrecer dos bloques a un niño de ocho meses y mostrarle cómo unirlos. Un bebé que ha recibido aprobación y aliento de sus padres suele abordar la tarea con confianza: juega con los bloques, los explora, los arroja esperando interacción, y finalmente los une. Al hacerlo, mira con ojos expectantes que parecen decir: «¡dime lo grande que soy!». Estos niños confían en superar pequeños retos y esperan reconocimiento.

En contraste, los bebés que crecen en hogares fríos, caóticos o descuidados afrontan la misma tarea con una actitud derrotista. Aunque comprenden las instrucciones y tienen la coordinación necesaria, su expresión transmite desánimo, como si dijeran: «yo no soy bueno, he fracasado». Brazelton advierte que esta actitud temprana puede derivar en una expectativa de fracaso ante la vida, falta de interés por la escuela e incluso abandono escolar.

Las diferencias entre ambos tipos de actitudes —la de los niños confiados y optimistas frente a la de aquéllos otros que esperan el fracaso— comienzan a formarse en los primeros años de vida. Los padres, dice Brazelton, «deben comprender que sus acciones generan la confianza, la curiosidad, el placer de aprender y el conocimiento de los límites».

― Daniel Goleman, La inteligencia emocional 

La educación emocional temprana es, así, la raíz de la inteligencia emocional. En los gestos de aprobación, en la sintonía afectiva y en la presencia atenta de los padres se siembra la confianza básica que acompañará al niño en su relación con el mundo. En otras palabras, lo que se gesta en la cuna, nuestra capacidad de confiar, de explorar y de perseverar, se proyecta en la vida.

Semillas de reflexión

La inteligencia emocional es la capacidad de reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones, así como de percibir y responder adecuadamente a las emociones de los demás. Se trata de un tejido que une pensamiento y sentimiento, dando forma a la manera en que vivimos y convivimos.

Desde la cuna hasta la vida adulta, el aprendizaje afectivo moldea nuestro carácter y orienta nuestras decisiones. En los primeros vínculos se siembra en nosotros la confianza básica, y a lo largo de la existencia se consolidan las habilidades que nos permiten transformar la emoción en virtud práctica.

Por ello, la inteligencia emocional es clave para el bienestar personal, la convivencia y la construcción de sociedades más amables. En ella se juega la posibilidad de que la sensibilidad se convierta en acción y que la acción se traduzca en responsabilidad compartida.