La felicidad hay que pensarla

La felicidad es un término esquivo, intangible, nacido y comprendido en el ámbito del pensamiento y la imaginación. Demócrito fue quizá uno de los primeros en afirmar que la felicidad era un «asunto de la mente», una construcción interior más que un don externo. Sin embargo, en nuestros días solemos darla por sentada, como si fuese un estado natural y permanente. Hemos olvidado que la felicidad hay que pensarla, cultivarla y sostenerla en la reflexión.

El modelo de la felicidad

Cuando pienso en la felicidad, recuerdo aquella célebre viñeta en la que Mafalda visita a un cerrajero y le pide que le haga la llave de la felicidad. El hombre, con naturalidad, responde: «Con mucho gusto, nenita… ¿A ver el modelo?». La genialidad de Quino ilustra con humor la dificultad de definir qué es realmente la felicidad. Y es que, a falta de un modelo único, la filosofía nos ofrece al menos dos: la felicidad como estado mental y la felicidad como bienestar o florecimiento.

La felicidad como estado mental

El primer sentido, el estado mental, se entiende en términos psicológicos y descriptivos. La felicidad aparece como un estado de ánimo prolongado, comparable a la tranquilidad, la preocupación o la depresión. Es una forma de estar, una tonalidad afectiva que acompaña la experiencia de vida.

La felicidad como bienestar o florecimiento

El segundo sentido, en cambio, introduce un juicio de valor. Aquí la felicidad se identifica con el bienestar, esto es, una vida que va bien para quien la lleva. Ahora bien, se trata más de cómo nos va que de cómo nos sentimos. Desde esta perspectiva, ser feliz es vivir de manera que nuestros intereses se ven realizados, que lo que tenemos nos beneficia y nos hace mejores. Así, tener un alto nivel de bienestar es llevar una vida que nos va bien. 

Podemos reconocer la felicidad tanto en bienes inmediatos y parciales, como un momento de gozo sensible, como en un bien total que abarca la vida entera. Pero el verdadero problema está en ponernos de acuerdo y entender la felicidad de la misma manera.

Bienes inmediatos y bien total

La felicidad puede presentarse como un bien sensible inmediato, estoes, un placer, una satisfacción puntual, un instante de gozo que ilumina el día. Estos bienes parciales tienen la virtud de ser intensos, pero también la fragilidad de ser efímeros. Son como destellos que alegran la vida, aunque no bastan para sostenerla en su totalidad.

En contraste, la filosofía también entiende la felicidad como un bien total, esto es, una vida que, en su conjunto, va bien. Aquí, hablamos de una trayectoria vital que se juzga valiosa y plena, y que no tiene que ver con momentos aislados. Este sentido exige una mirada más amplia, capaz de integrar los fragmentos de placer en una narrativa coherente de florecimiento.

El contraste es decisivo, porque los bienes inmediatos nos ofrecen alivio y alegría en el presente, mientras que el bien total nos invita a pensar en la dirección de nuestra existencia. La pregunta es qué hace que nuestra vida, en su conjunto, sea digna de ser vivida.

Formas de la felicidad

Hay muchas formas de entender la felicidad, de ahí la importancia de pensarla. A lo largo de los años, usando el famoso Cuestionario Proust, la Revista Vanity Fair le ha preguntado a un centenar de celebridades sobre su idea de felicidad perfecta. Gracias a esas entrevistas, en sus páginas encontramos una colección alucinante de respuestas a la pregunta por la felicidad.

Sophia Loren respondió: «Un plato de ragú fettuccine con mis hijos». Jane Goodel dijo: «Sentada sola en el bosque del Parque Nacional de Gombe, mirando a una de las madres chimpancés con su familia». Y David Bowie respondió simplemente: «Leer». 

Las respuestas son específicas y reflejan la especial singularidad de cada conciencia. Aun así, de manera casi conciliadora, también encierran un acercamiento común: la felicidad se nos revela como un estado interno de satisfacción y dicha, producto de la realización de nuestros objetivos, intenciones o sueños. Por tanto, un niño con un helado puede ser tan feliz como un monje practicando sus votos monásticos.

Hay tantas formas de entender la felicidad como conciencias capaces de registrarla.

Nos movemos en un vasto espectro de valores

Decir que la felicidad hay que pensarla implica poner en perspectiva nuestro propio código de valores y principios éticos. No podemos evitar hacer un juicio de valor sobre aquello que nos beneficia, pero el problema es que no compartimos los mismos valores. Y, precisamente porque nuestros valores no coinciden, la mayor parte del tiempo, discrepemos sobre qué vidas consideramos felices.

Si identificamos la felicidad con el placer y con bienes sensibles inmediatos y parciales, nos conformamos con momentos pasajeros como obtener un título, conseguir un trabajo, iniciar una relación, descansar, disfrutar una comida o un encuentro sexual. La satisfacción proviene de cubrir necesidades inmediatas, y la felicidad se reduce a una sucesión de instantes.

Por el contrario, si entendemos la felicidad como plenitud y bien total, buscamos la realización plena del propio ser, una vida que se juzga valiosa en su conjunto y que se abre a la trascendencia.

Nos movemos en un amplio espectro de valores. Así, para algunos, el bienestar consiste en obtener lo que desean: una vida colmada de éxitos es una vida feliz, sin importar cómo se alcanzan esos logros. Para otros, en una escala de valores diferente, una vida sin principios éticos, por exitosa que sea, es una vida pobre y triste.

El desacuerdo es inevitable, pero también fecundo porque nos recuerda que siempre hay más de una manera de vivir y de comprender la felicidad. Por eso, la felicidad hay que pensarla. Ella depende, en gran medida, de cómo entendemos el mundo y de cómo nos entendemos a nosotros mismos.

La felicidad es algo que deseamos y una consecuencia de nuestra acción

Independientemente de cómo la entendamos, nos enfrentamos a un problema mayor: no podemos decidir directamente sobre la felicidad. Queremos ser felices y buscamos la felicidad en la realización de nuestros sueños y objetivos, pero estos son deseos, y lo único que controlamos son los medios para alcanzar los deseos, no los deseos mismos. La felicidad es algo que deseamos y que aparece como consecuencia de nuestra acción.

Siguiendo a Aristóteles, toda acción humana tiene como fin último la felicidad. En Ética a Nicómaco leemos que, por nuestra naturaleza, todo lo que hacemos lo hacemos porque queremos ser felices.

Consideramos perfecto lo que se elige siempre por sí mismo y no por otra cosa. Tal parece ser eminentemente la felicidad, pues la elegimos siempre por ella misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, el entendimiento y toda virtud los deseamos ciertamente por sí mismos (pues, aunque nada resultara de ellas, desearíamos todas estas cosas), pero también los deseamos en vista de la felicidad, pues creemos que seremos felices por medio de ellos.

― Aristóteles, Ética a Nicómaco

La búsqueda de eso que llamamos felicidad se automanifiesta en deseos particulares y concretos, y en ello se descubre la practicidad de nuestro pensamiento. Algo así como porque queremos ser felices de determinada manera, entonces, deseamos esto o aquello. No obstante, según Aristóteles, tenemos la capacidad de pensar sobre nuestros deseos, y dado que podemos pensarlos, también podemos orientar nuestros deseos racionalmente. 

Lo que es propio de cada uno por naturaleza es también lo más excelente y lo más agradable para cada uno; para el hombre lo será, por tanto, la vida conforme a la mente, ya que eso es primariamente el hombre. Esta vida será también, por consiguiente, la más feliz.

― Aristóteles, Ética a Nicómaco

La felicidad tiende a cosas que podemos conseguir y acompaña cada uno de nuestros actos, pero no podemos decidir directamente sobre ella. Precisamente, porque experimentamos la felicidad de forma pasiva es necesario pensarla antes de actuar, para que nuestras acciones sean elecciones que nos acerquen a una vida buena.

La felicidad no puede ni debe dictar nuestro comportamiento

Para Kant, aunque todos deseamos ser felices y orientamos nuestros actos hacia esa meta, la felicidad no puede convertirse en el principio universal de nuestro comportamiento. La razón es clara: la felicidad es distinta para cada persona y depende de lo que conocemos, pensamos y sentimos.

En efecto, donde haya de poner cada cual su felicidad, depende en cada uno de su particular sentimiento de placer y dolor, y, aun en un mismo sujeto, de las necesidades provenientes de las modificaciones de este sentimiento, y en consecuencia una ley subjetivamente necesaria […] es objetivamente un principio práctico muy contingente que puede y debe ser muy diferente en sujetos distintos y por lo tanto nunca puede producir una ley, puesto que en el afán de felicidad, lo que importa no es la forma de legalidad sino simplemente la materia, a saber, si y cuánto placer puedo esperar siguiendo la ley.

― Kant, Crítica de la razón práctica

No debemos hacer algo simplemente porque promete hacernos felices. Recordemos que incluso el más terrible asesino serial lo único que desea es ser feliz, y por eso hace lo que hace.  Si la felicidad fuera el único criterio, cualquier acción podría justificarse en nombre de un deseo personal.

Por ello, Kant sostiene que la moral debe fundarse en el deber y en principios racionales que valen para todos. Y pone especial atención en que no puede fundarse en la búsqueda de la felicidad, porque la felicidad nunca puede ser la brújula que dicte nuestras acciones.

La felicidad hay que pensarla para ser dignos de ella

Todos deseamos ser felices, pero el modo en que alcanzamos la felicidad es más importante que la felicidad misma. Como explica Kant, la felicidad consiste en «estar contento con toda la propia existencia», no solo con una parte de ella.

El problema es que nunca podremos ponernos de acuerdo sobre la manera de lograrla, quizá únicamente sobre cómo entendemos la moralidad. Y, aun así, la moralidad o vida virtuosa, por sí sola, no garantiza una vida feliz, sólo nos hace dignos de ser felices. 

La moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad. Sólo cuando la religión se añade a ella, aparece también la esperanza de llegar un día a ser partícipes de la felicidad en la medida en que nos hayamos cuidado de no ser indignos de ella.

― Kant, Crítica de la razón práctica

Pensar la felicidad es una exigencia ética. Solo cuando reflexionamos sobre nuestros deseos y orientamos nuestras acciones con principios, nos hacemos merecedores de esa plenitud que llamamos felicidad.

Semillas de reflexión

Podemos comprender la felicidad tanto como un estado de ánimo, una tonalidad afectiva que acompaña la vida, como una vida que va bien para quien la lleva. Y si la entendemos como bienestar, puede manifestarse en bienes inmediatos y parciales o en un bien total que abarca la existencia entera. En todo caso, depende de nuestros valores: aquello que consideramos importante y digno de ser buscado.

La felicidad es una búsqueda que nos obliga a pensar, a discernir entre deseos inmediatos y bienes duraderos, entre placer y plenitud, entre impulso y deber. Aunque nuestras acciones tienden hacia la felicidad, esta no debe dictar nuestro comportamiento. Pensarla es el camino para hacernos dignos de ella.