Solidaridad

La solidaridad se refiere a los sentimientos de simpatía y responsabilidad compartidos por personas dentro de los grupos y entre ellos, alentando la fraternidad, el amor y el apoyo.

Sinónimos

Compañerismo, camaradería, fraternidad, hermandad, pacto, comunidad, unión, unanimidad, altruismo, amor, rendición (en solidaridad), devoción, sentido de comunidad, caridad, filantropía, sentido común, consenso, apoyo, adhesión, protección, respaldo.

Etimología

La palabra solidaridad expresa la cualidad del solidario, es decir, que se adhiere a una causa común. En el origen más remoto de la palabra se encuentra la raíz indoeuropea sol-, que significa entero, completo o intacto. Es la misma raíz de la que nacen palabras como salud (estar entero física y mentalmente) o salvar (devolver la integridad a alguien).

De esa raíz indoeuropea, la antigua Roma derivó el adjetivo latino solidus, que traducimos directamente como sólido, firme, compacto, macizo. Los juristas romanos crearon la expresión jurídica in solidum. Cuando un grupo de personas firmaba una obligación in solidum (una «obligación solidaria»), significaba que cada uno de los individuos se hacía responsable de pagar la totalidad de la deuda común. Si uno fallaba, los demás respondían por el todo. La responsabilidad no se fragmentaba, el grupo actuaba como un bloque único y sólido.

Del francés al español

Durante siglos, el término permaneció atrapado en los tribunales y los contratos. Sin embargo, en el siglo XVIII, los pensadores franceses de la Ilustración (como Denis Diderot en la famosa Encyclopédie) tomaron el término legal solidaire y lo transformaron en solidarité. Ellos comprendieron que, si los socios de un negocio responden unos por otros ante la ley, los seres humanos deberíamos responder unos por otros ante la vida, convirtiéndose en la cualidad de formar parte de un todo compacto. Así, la solidaridad dejó de ser una obligación legal para pagar dinero y se convirtió en el lazo de responsabilidad mutua, fraternidad y unión ante una causa común.

En su Diccionario panhispánico de dudas, la Real Academia Española aclara que el término se incorporó a nuestra lengua en el siglo XIX adaptado directamente del francés solidarité.

Cuando la palabra llegó a nuestra lengua, se construyó sumando tres piezas:

  1. Solidus / Sol-: firme, entero.
  2. -ario: sufijo que indica pertenencia o procedencia (el que participa de esa firmeza).
  3. -dad: Sufijo que indica cualidad.

Por lo tanto, si nos ceñimos estrictamente a su etimología, ser solidario significa formar parte de un todo compacto. La solidaridad es la cualidad de los seres humanos que deciden unirse tan estrechamente que, ante las dificultades de la vida, actúan como un solo cuerpo indisoluble, donde la suerte de uno es la responsabilidad de todos.

Definición

El Diccionario de la lengua española de la RAE define la palabra solidaridad a través de dos acepciones principales:

  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
  2. f. Der. Modo de derecho u obligación in solidum.

Aunque en el habla cotidiana usamos la solidaridad como un valor permanente, la RAE destaca la palabra circunstancial. Esto refleja muy bien la visión de las crisis actuales, donde la solidaridad suele activarse o hacerse visible ante situaciones específicas como una catástrofe o una injusticia, y decidimos hacer nuestra la causa de los demás.

La segunda definición rescata textualmente el origen del Derecho Romano que analizamos en la etimología. Alude a la responsabilidad compartida donde cada miembro de un grupo se obliga a responder por la totalidad de una carga o deuda.

Introducción

Si nos dejamos llevar por el ritmo de nuestros días, es fácil caer en la trampa de pensar que somos islas. Vivimos apurados, con la atención fragmentada en mil pantallas, compitiendo en una carrera silenciosa por el éxito personal y cuidando con celo nuestro propio metro cuadrado. Nos han vendido la idea de que el individuo autosuficiente es la cumbre de la evolución humana. Sin embargo, esa arquitectura individualista es sumamente frágil. Basta con que ocurra un apagón masivo, una crisis climática, una emergencia sanitaria o una pérdida familiar para que esa ilusión de independencia se desmorone por completo.

En el instante de la vulnerabilidad, se nos cae la venda de los ojos y recordamos la verdad incómoda de que nos necesitamos unos a otros para existir. Esa fuerza silenciosa que nos devuelve la mirada del prójimo es la solidaridad, el verdadero pegamento de la humanidad.

Por eso, cuando hablamos de solidaridad nos referimos al apoyo mutuo dentro de un grupo, a la conciencia de estar juntos, a la unidad o acuerdo de sentimiento o acción, especialmente entre individuos con un interés común.

Ahora bien, la palabra solidaridad expresa tres sentidos diferentes:

  • Compañerismo: el vínculo que existe entre las personas que se acompañan para algún propósito en común, formando algún tipo de comunidad o grupo.
  • Altruismo: la atención desinteresada por el otro o los otros.
  • Apoyo: colaborar o influir a que una persona consiga algo o a que una cosa se desarrolle o suceda. Manifestar conformidad o acuerdo.

Descripción

Tenemos una relación con nosotros mismos y somos conscientes de nosotros mismos. Igualmente, tenemos la capacidad para afirmarnos a nosotros mismos. Pero, también estamos en relación e interacción con otros seres humanos y otros seres vivos. Como seres sociales tenemos una necesidad natural de respeto mutuo y confianza que, a su vez, nos exige la conciencia y el reconocimiento de lo humano y una conexión social: solidaridad.

En consecuencia, es un requisito moral inherente a todo ser humano establecer relaciones con otras personas, grupos o pueblos donde somos conscientes de la otredad, desde los fundamentos de una verdadera solidaridad ético-social.

La solidaridad como principio social

La solidaridad destaca nuestra naturaleza social, la igualdad de todos en dignidad y derechos. Por tanto, cuando nos referimos a la solidaridad nos referimos a los vínculos que nos unen y hacen posible la vida en sociedad. Una suerte de sentido de valores y propósitos compartidos, respaldado por un sentido de lo que hemos logrado y compartido juntos.

Se trata del pegamento de la sociedad y lleva implícito el apoyo mutuo activo para enfrentar un problema común. Esto es la unión de personas para conseguir un fin legítimo. Por consiguiente, la solidaridad encierra todos nuestros esfuerzos para conseguir dicho propósito, ya sea social, religioso, político, jurídico, económico, industrial o medioambiental.

Como principio social se sitúa en la esfera de la justicia y está dirigida al logro del bien común en un compromiso por el bien del otro y de todos. No podemos separar la solidaridad de la política de clase, el capital social, la cohesión social, la idea del bien común y la responsabilidad social compartida.

La teoría de Émile Durkheim sobre la solidaridad

La teoría de Émile Durkheim sobre la solidaridad se estructura formalmente a través de un contraste evolutivo entre dos formas de organización social. Para Durkheim, la transición de una sociedad tradicional a una moderna se explica fundamentalmente por el aumento en la división del trabajo social, la cual transforma radicalmente la naturaleza de los lazos que nos unen.

Durkheim explica que en el mundo moderno no nos mantenemos unidos porque todos pensemos igual o tengamos las mismas costumbres, eso ocurría en las comunidades antiguas bajo la solidaridad mecánica. Nos mantenemos unidos, precisamente, por lo contrario.

En la actualidad, nos sostiene lo que él llama solidaridad orgánica. Al igual que el corazón necesita de los pulmones y el sistema nervioso para que el cuerpo no colapse, en la sociedad un médico depende del agricultor que cosecha sus alimentos, el agricultor del transportista, y este último del mecánico y del legislador. Nuestra supervivencia colectiva no depende de la homogeneidad, depende de la interdependencia. Estamos enredados en una malla invisible de funciones especializadas donde el bienestar de uno es condición para la existencia del resto. Cuando entendemos esto, la cooperación deja de ser una opción idílica y se convierte en una necesidad vital.

Puesto que la solidaridad mecánica une mucho menos fuertemente a los hombres que la solidaridad orgánica, puesto que es mucho más floja […] es inevitable que la primera pierda terreno a medida que la segunda progrese.

— Émile Durkheim, La división del trabajo social

La solidaridad como virtud

La solidaridad desde una perspectiva ética y filosófica deja de ser vista como una estructura de interdependencia social (como plantea la sociología) y pasa a entenderse como un deber moral, una virtud o una exigencia de la justicia.

Mientras que la sociología responde a cómo funciona la cohesión en un grupo, la filosofía responde a por qué debemos ser solidarios y en qué principios se fundamenta esa obligación.

Ahora bien, la solidaridad, entendida como una disposición interior que se traduce en acciones constantes (una virtud), cambia significativamente su alcance y motivación según el prisma conceptual desde el que se examine. Mientras que la ética secular la fundamenta en la razón humana y la justicia, la teología (especialmente la Doctrina Social de la Iglesia) la eleva al plano de la fe y el amor divino.

La solidaridad como virtud ética

Desde la filosofía y la ética secular, la solidaridad se define como el hábito racional y voluntario de asumir los problemas de los demás como propios, basándose en el principio de que los seres humanos compartimos una dignidad intrínseca y un destino común.

La solidaridad como virtud ética está fundamentada en la razón humana, la empatía y la necesidad de cohesión para el bien común. Esto implica el reconocimiento de los Derechos Humanos, la reciprocidad y el cumplimiento del deber moral (el imperativo kantiano). Con el objetivo de construir una sociedad justa, equitativa y armónica, donde las libertades individuales se equilibren con la responsabilidad colectiva.

La solidaridad como deber

Para Kant, la solidaridad no debe nacer de la lástima, la culpa o la búsqueda de reconocimiento. Debe nacer de la convicción de que ayudar al otro es una ley universal. Kant argumenta que los seres humanos somos «fines en sí mismos» y tenemos la obligación moral de promover la felicidad y el bienestar de los demás porque compartimos la misma dignidad racional.

Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca solamente como un medio.

— Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

La solidaridad como alteridad

Por su parte, para Emmanuel Lévinas, la solidaridad nace del encuentro cara a cara con la vulnerabilidad ajena. El sufrimiento o la necesidad de otra persona apela directamente a nuestra conciencia. La solidaridad es, por lo tanto, una responsabilidad infinita y radical hacia el prójimo. Esto significa que somos responsables del otro incluso antes de haberlo elegido.

En Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad y en Ética e infinito, Lévinas nos deja claro que la solidaridad se activa al encontrarnos con el rostro vulnerable del otro, desafiando nuestro egoísmo sin requerir que primero comprendamos o cataloguemos racionalmente a la persona: «Yo me pregunto si se puede hablar de una mirada dirigida hacia el rostro, pues la mirada es conocimiento, percepción. Yo pienso más bien que el acceso al rostro es, de entrada, ético».

La solidaridad como justicia

En su obra Teoría de la justicia, John Rawls propone el «principio de diferencia». Desde una perspectiva ética, una sociedad justa debe organizarse de tal manera que las mayores ventajas otorgadas a los más favorecidos beneficien también de forma directa a los miembros menos aventajados de la sociedad. Aquí, la solidaridad es el principio ético que justifica la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades.

Las desigualdades económicas y sociales han de ser estructuradas de manera que sean para el mayor beneficio de los menos aventajados…

— John Rawls, Teoría de la justicia

La solidaridad como cuidado

Carol Gilligan explica la solidaridad como la respuesta activa a las necesidades particulares de personas con las que estamos interconectados. Reconoce que los seres humanos somos intrínsecamente vulnerables e independientes, por lo que el cuidado mutuo y la preservación de las relaciones humanas son el núcleo de la moralidad.

La ética de la justicia se basa en la premisa de la igualdad y se centra en los derechos individuales, mientras que la ética del cuidado se basa en la premisa de la no violencia y se centra en la responsabilidad de responder a las necesidades de los demás en el contexto de las relaciones.

— Carol Gilligan, In a Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development (En una voz diferente)

La solidaridad como virtud teológica

En el plano teológico, la solidaridad deja de ser simplemente una virtud humana y se integra dentro de las virtudes teologales, específicamente subordinada a la Caridad (el amor de Dios). El gran referente moderno de esta visión es San Juan Pablo II quien en su encíclica Sollicitudo rei socialis la definió formalmente como: «La determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.»

Mientras que la perspectiva ética sitúa el origen de la solidaridad en nuestra razón y la conciencia de la interdependencia social, la perspectiva teológica la fundamenta en la Revelación divina y la experiencia profunda del amor de Dios. Esta raíz conceptual altera la manera en que se percibe al prójimo, porque el enfoque ético secular concibe al otro como un sujeto de derechos e igual en dignidad civil, mientras que la teología lo eleva a la condición de hermano, considerándolo imagen viva de Dios y redimido por Cristo.

En consecuencia, los límites y las metas de la acción varían de forma notable. La ética se rige por la justicia distributiva y la reciprocidad social con el fin de reformar las leyes e instituciones hacia la equidad política y económica, por el contrario, la teología impulsa hacia la gratuidad absoluta, el perdón de las ofensas y el sacrificio personal, buscando desmontar de raíz las denominadas estructuras de pecado para transformarlas en estructuras de gracia.

La solidaridad es un acto de amor

Como virtud teológica, la solidaridad es la firme determinación de comprometernos con el bien común, para el bien de todos y de cada uno. Si bien la caridad y la filantropía son valores relacionados con la solidaridad, no debemos caer en la trampa de asumirla como un sentimiento de vaga compasión o angustia superficial por las desgracias de los demás.

El filósofo croata Srećko Horvat explica que la solidaridad es un acto de amor y, por tanto, es mucho más que misericordia.

Por lo general, cuando apaciguas tu conciencia (donar dinero a niños hambrientos en África, para usar el ejemplo habitual de Starbucks), puedes continuar con tu vida diaria como si nada realmente hubiera pasado. Sin embargo, una vez que estás actuando solidariamente puedes incluso abstenerte de la caridad o la misericordia: incluso si no le das un dólar a cada mendigo, no puedes continuar con tu vida diaria como si nada realmente hubiera pasado. ¿Por qué? Porque lo llevas en tu vida; vives con él no como con un «rechazo integrado» (como vivimos hoy con los inmigrantes o los refugiados), sino que es una parte e incluso un presupuesto de tu acción misma: nunca podrá estar completamente integrado, porque la injusticia no puede ser integrada en actos de amor. Por eso la solidaridad ya contiene amor.

― Srećko Horvat, La radicalidad del amor

Semillas de reflexión

Todas estas perspectivas, desde la rigurosidad de la sociología hasta la trascendencia de la fe, apuntan hacia el mismo horizonte. El individualismo radical es una ilusión óptica, un engaño del ego que nos hace creer que nos salvamos solos. La solidaridad como virtud es el hábito de ensanchar el corazón para que quepan en él las alegrías y los dolores de todos aquellos que nos acompañan en nuestro paso por esta vida.

Se trata de entender que la humanización de nuestra sociedad empieza en el espacio cotidiano. Comienza cuando decidimos romper la burbuja del interés propio, cuando sostenemos la mirada del que sufre sin desviar la atención y cuando asumimos que la dignidad del vecino es tan sagrada como la nuestra. En un mundo que muchas veces premia la indiferencia y el desapego, elegir la solidaridad es, sin lugar a dudas, el acto de resistencia más valiente y profundamente humano que podemos realizar.