Utilitarismo

Si hablamos de un modelo ético dominante en nuestra sociedad ese es el utilitarismo. Una doctrina ética centrada en la utilidad, donde el mayor bien es la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. Para esta corriente lo que es útil es bueno y, por lo tanto, contrario a las enseñanzas de Kant, el valor de la conducta está determinado por el carácter práctico de sus resultados.

La utilidad como criterio ético

El utilitarismo surge como una ética de las consecuencias, donde el valor de una acción se mide por la cantidad de felicidad o bienestar que produce. A diferencia de las morales centradas en la intención o en principios absolutos, aquí lo decisivo es el resultado, maximizando la utilidad, entendida como placer, satisfacción o disminución del sufrimiento.

Jeremy Bentham y John Stuart Mill, sus principales representantes, formularon esta doctrina como un criterio universal: «la mayor felicidad para el mayor número». En este horizonte, la ética se convierte en cálculo y responsabilidad colectiva, donde pensamos nuestras decisiones en función de lo que contribuye al bienestar de la mayoría.

El placer o la felicidad es lo único que realmente tiene valor intrínseco

El utilitarismo original encarna al epicureísmo hedonista del siglo XVIII. Su fundamento principal consiste en la felicidad, aquella que alcanzamos buscando el placer y rechazando el dolor. Como vemos no se trata de cualquier felicidad.

Es bueno lo que es útil, y es útil lo que aumenta el placer y disminuye el dolor. La cuestión es que una acción puede producir tanto placer como dolor. Razón por la cual Jeremy Bentham elabora una aritmética moral, en la que toda la sabiduría moral consiste en un frío cálculo de intereses. 

Para Bentham la conducta debe regirse sólo por interés, y la virtud es el hábito de hacer bien las cuentas para lograr mayor placer. 

Vuestro objeto único es buscar el placer y evitar el dolor. Estos sentimientos eternos e irresistibles deben ser vuestro gran estudio. El principio de utilidad lo subordina todo a estos móviles, y la utilidad es el primer eslabón de la cadena de mi enseñanza. Mal es pena, dolor o causa de dolor. Bien es placer o causa de placer. 

―Bentham, Principios de legislación civil y penal 

Las acciones son correctas en la medida en que promueven la felicidad, y son incorrectas en la medida en que producen infelicidad. La moralidad de una acción se decide por sus consecuencias. Mientras más felicidad se produzca entre los afectados por la acción, mejor será la acción.

De esta manera, las acciones son valoradas por las consecuencias que producen, y no por lo que son en sí mismas. Ahora bien, las consecuencias de las acciones se valoran según la cantidad de felicidad que aportan, para el mayor número posible de personas. 

La acción moral se rige bajo la máxima de la mayor felicidad (placer) para el mayor número de personas.

Así, el utilitarismo establece que «bueno es aquello que promueve la felicidad», y a la vez que «el mayor bien es la mayor felicidad para el mayor número posible de personas». 

La lógica de la utilidad consiste en partir del cálculo o de la comparación de las penas y de los placeres en todas las operaciones del juicio, y en no comprender en ellas ninguna otra idea. Los elementos del cálculo moral son los placeres y las penas, según la clasificación y graduación por su intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad y pureza. Por esta última palabra se entiende que el placer no tenga riesgo de producir pena. 

―Bentham, Principios de legislación civil y penal 

El humo del progreso y la medida de la felicidad

En su obra Fábricas en Clichy / Fábricas en Asnières, visto desde el Quai de Clichy, Vincent van Gogh nos muestra un paisaje industrial donde el humo y las chimeneas dominan el horizonte. La escena refleja el impacto de la modernidad y el trabajo colectivo en la vida urbana, recordándonos que el progreso técnico y económico siempre plantea la pregunta por el bienestar común. Desde la perspectiva utilitarista, este cuadro puede leerse como metáfora de la tensión entre producción y felicidad: ¿cuánto del esfuerzo humano se traduce en placer y cuánto en sufrimiento?

El cálculo de la «mayor felicidad para el mayor número» se vuelve aquí un interrogante visual, donde la belleza del color contrasta con la dureza del trabajo y nos invita a pensar la ética como medida de las consecuencias sociales de nuestras acciones.

La felicidad de todos cuenta igualmente

La afirmación de Bentham, «cada uno debe contar por uno; y nadie debe contar por más de uno», encierra un principio revolucionario para su tiempo. Aunque hoy pueda parecernos evidente, en la Inglaterra del siglo XVIII la vida de los esclavos, los pobres o las mujeres no tenía el mismo valor que la de los hombres libres y propietarios. Bentham introduce una ruptura, donde la felicidad de cada persona posee idéntico peso en el cálculo moral. No hay privilegios ontológicos ni jerarquías naturales que justifiquen que unos valgan más que otros.

Sin embargo, su énfasis estaba más en la maximización de la felicidad total que en su justa distribución, lo que abre un debate aún vigente: ¿es suficiente aumentar la suma de placeres, aunque algunos queden marginados? Este principio de igualdad, pese a sus limitaciones, sigue siendo un fundamento ético poderoso para las luchas contemporáneas por la equidad y, para la creación de políticas públicas que busquen el bienestar común, más allá de los intereses de una élite privilegiada.

Calidad sobre cantidad

Stuart Mill, discípulo de Bentham, introduce una corrección decisiva al utilitarismo e indica que no basta con medir la moralidad por la cantidad de placer producido, también debemos atender a su calidad. De ahí su célebre afirmación que «es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho». Con esta frase, Mill señala que los placeres intelectuales, estéticos y morales poseen un valor superior a los simplemente sensoriales, porque contribuyen a la dignidad y a nuestro desarrollo pleno. Así, la ética deja de ser un simple cálculo de intensidades y se convierte en una reflexión sobre el tipo de vida que queremos llevar.

Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. Y si el tonto, o el cerdo, tiene una opinión diferente, es solo porque solo conocen su propio lado de la cuestión. 

― John Stuart Mill, Utilitarismo 

En este horizonte, la clasificación moral se vincula con nuestras aspiraciones, así, quienes buscan placeres elevados muestran una voluntad más noble que quienes se conforman con satisfacciones básicas.

Al mismo tiempo, Mill reafirma la importancia de la igualdad al sostener que «la sociedad entre iguales solo puede existir en el entendimiento de que los intereses de todos deben ser considerados por igual». Su propuesta además de elevar la calidad del placer como criterio moral, también lo vincula con la justicia social, abriendo un camino hacia una ética que combina excelencia humana y equidad colectiva.

De Bentham a hoy: la evolución de la utilidad

En la actualidad, el utilitarismo se ha diversificado en varias corrientes que buscan responder a las críticas y enriquecer su alcance. Así, encontramos el utilitarismo hedonista que mantiene la identificación clásica de la utilidad con el placer y la felicidad, prolongando la intuición de Bentham. El utilitarismo ideal, en cambio, reconoce que existen bienes más complejos como el conocimiento, la amistad o la belleza, que también deben ser considerados en el cálculo moral. Mientras que el utilitarismo de la regla propone que debemos seguir aquellas normas generales, cuya observancia tiende a maximizar la felicidad colectiva, acercándose en cierto modo al formalismo kantiano, ya que privilegia la estabilidad de principios sobre la evaluación caso por caso.

Finalmente, el utilitarismo de la acción sostiene que lo correcto es siempre el acto concreto que, en cada situación, produce la mayor felicidad posible, aunque ello implique flexibilidad y adaptación constante. Estas variantes muestran que el utilitarismo es un campo vivo de reflexión, que oscila entre el cálculo inmediato y la necesidad de reglas estables, entre la búsqueda de placer y la consideración de valores más elevados.

Semillas de reflexión

El utilitarismo, desde Bentham hasta sus formas contemporáneas, nos recuerda que la ética puede pensarse como cálculo de consecuencias, y como búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número. Sin embargo, la diversidad de sus variantes hedonistas, ideales, de la regla o de la acción, muestra que la pregunta por la utilidad no se agota en cifras ni en placeres inmediatos.

La pintura de Van Gogh, con sus fábricas elevando humo sobre el horizonte, nos invita a ver que el progreso y la felicidad colectiva son siempre tensiones vivas, abiertas a la crítica y a la esperanza. Así, la evolución del utilitarismo es un espejo de nuestras sociedades, un recordatorio de que la medida de la moral se encuentra en la capacidad de ampliar el bienestar sin olvidar la dignidad de cada vida. El progreso cuenta en cifras, la vida en humanidad.