Sobre los prejuicios

 

Los prejuicios son juicios previos que nos ayudan a lidiar con la vida y el mundo. En principio se trata de nociones, opiniones o ideas preconcebidas que no se basan en la razón o la experiencia real.

 

Estas ideas preconcebidas poseen un contenido normativo, que en general representan actitudes negativas estables, hacia otro grupo o individuo por el hecho de pertenecer a otro grupo. El prejuicio es una actitud aprendida que encierra nuestras creencias más íntimas, familiares y sociales.

 

Los prejuicios son un estado de desequilibrio

 

La autoridad, las ideologías y las creencias crean prejuicios, un estado de desequilibrio, separándonos en grupos e impidiendo la cooperación, la comprensión y el amor.

 

Lo que está sucediendo en el mundo nos aterra y nos resulta difícil de comprender. Sentimos como si la realidad no concordara con la realidad misma. Y lo sentimos así, porque percibimos el mundo mejor de lo que en verdad es -lo idealizamos.

 

Si vemos el mundo como realmente es y somos honestos con nosotros mismos, lo que vemos es un mundo insensato y estúpido. Hemos creado un mundo dividido por diferencias ideológicas de todo tipo que engendran intolerancia. Un mundo donde enfrentamos todo tipo de conflictos y diversas formas de brutalidad. Un mundo donde naciones luchan contra otras por su seguridad o por su gloria.

 

El mundo está muy mal y nosotros somos parte del problema

 

Formamos parte de un lado o del otro de la injusticia social, del consumo voraz, de la contaminación ambiental, de diferencias ideológicas por las cuales estamos dispuestos a matarnos unos a otros, guerras, etc.

 

No somos libres y estamos fuertemente condicionados por todo lo que nos rodea. Ahora bien, este condicionamiento, ya sea genético o social, nos hace egocéntricos, agresivos y brutales. Luchamos por nuestro “yo”, intereses o creencias. En nuestro interior hay división y menosprecio. Somos incapaces de mirar imparcialmente el punto de vista o el pensamiento de otro ser humano.

 

¿Por qué somos prejuiciosos?

 

Desde una perspectiva evolutiva la mayoría de nuestros mecanismos psicológicos son una adaptación, diseñada para resolver problemas recurrentes de naturaleza social. Nuestras respuestas implícitas a los demás son el resultado de la activación de adaptaciones funcionalmente específicas, para llevar a cabo una acción, ya sea para aprovechar las oportunidades o evitar o enfrentar una amenaza.

 

Con otras palabras, saber de manera inmediata si una persona forma parte de nuestro grupo o no, puede ser la diferencia entre la vida o la muerte. Desde esta perspectiva, los prejuicios son reacciones negativas inconscientes. En principio se trata de nuestros sesgos evolucionados hacia una suerte de balance entre costos y beneficios.

 

La investigación sobre el «sesgo implícito» sugiere que las personas pueden actuar sobre la base de prejuicios y estereotipos sin tener la intención de hacerlo.
Stanford Encyclopedia of Philosophy, Implicit Bias

 

Al igual que muchas facultades humanas el prejuicio es adaptativo. Ya que no podemos lidiar con todo a la vez, éste se presenta como una herramienta para resolver la complejidad de los entornos que tratamos de percibir. Por tanto, somos prejuiciosos para lidiar con la incertidumbre y tener algo de control.

 

Juzgamos, clasificamos y etiquetamos a las personas

 

Lamentablemente, los prejuicios acompañan nuestra vida cotidiana. Es un hecho que todos tenemos prejuicios. La cuestión es que reconocemos los prejuicios ajenos, pero no los propios. De esta manera, generamos fuertes diferencias en el conocimiento y las ideas sobre la justicia y la humanidad, entre generaciones, clases sociales, grupos religiosos y grupos étnicos.

 

Tenemos un prejuicio para casi cada cosa, somos sexistas, homofóbicos, clasistas, racistas, xenófobos, especistas, etc. Cuando conocemos a una persona la juzgamos, la clasificamos y la etiquetamos. La juzgamos por su color de piel, orientación sexual, nivel económico, estatus social, belleza, inteligencia, origen y cuanto se nos ocurre.

 

Tenemos cientos de etiquetas, como «tímido», «negro», «blanco» «gordo», «lento», «feo», «rico», «pobre», etc. Todas categorías que no tienen ninguna base en la biología, pero que determinan el impacto social, político y económico de los etiquetados. Asimismo, en la actualidad somos potenciales «votantes», «compradores» «consumidores», «usuarios», «seguidores» y «clientes»; nos hemos cosificado, y perdemos peligrosamente nuestra humanidad.

 

Las etiquetas no nos definen, somos personas vivas. Pero, igual nos ponemos a nosotros mismos y a los demás en cajas de ideas predeterminadas. La cuestión es que una vez puesta la etiqueta, es casi imposible percibirnos a nosotros mismos o a los demás sin la etiqueta que pusimos.

 

Los prejuicios son una desviación del conocimiento

 

Lo importante es comprender que los prejuicios no son absolutos, sino solo relativos a un sistema de valores existente, como una desviación del conocimiento y de los estándares morales de una sociedad.

 

Por ejemplo, hace apenas 200-300 años la creencia en las brujas era una certeza indiscutible de la iglesia, la ciencia y el público. Hoy llamar «bruja» a una mujer lo consideramos un prejuicio ridículo. El conjunto de prejuicios cambia en el curso de la historia, y es diferente según los grupos sociales (estratos, grupos étnicos, comunidades religiosas).

 

En consecuencia, nuestra relación es con nuestras expectativas y no con la vida misma. La expectativa nos da una falsa sensación de familiaridad hacia algo o alguien que no conocemos. El prejuicio nos aporta una falsa sensación de seguridad, y nos aleja de la verdad.

 

Para muchos sabios la vida solo la conocen aquellos que aceptan la incertidumbre, se sienten cómodos con el cambio y abrazan lo desconocido. Porque la estructura misma del universo no nos brinda seguridad, sólo una gran aventura en un infinito de posibilidades.

 

Racionalidad, justicia y humanidad

 

El prejuicio es un juicio social que viola el principio de racionalidad, así como los valores humanos de la justicia y la humanidad.

 

Según el principio de racionalidad, el fundamento para juzgar a otras personas es el conocimiento más seguro y probado. Los prejuicios violan este principio de racionalidad, mediante el juicio prematuro sin un conocimiento más preciso de los hechos, mediante la adhesión rígida y dogmática a juicios erróneos, al no reconocer contraargumentos válidos, y por falsas generalizaciones.

 

Precisamente, los prejuicios son persistentes porque a pesar de los argumentos contrarios, nos cuesta cambiar de opinión. Básicamente, porque nuestros juicios son generalizados y usualmente solo reflejan nuestro punto de vista.

 

Por otra parte, la justicia nos advierte que debemos tratar a todos por igual. Sin embargo, el prejuicio lo que hace es tratar a personas o grupos de manera diferente. El propio grupo es juzgado por estándares diferentes que otros grupos. Los prejuicios carecen de una consideración justa de las circunstancias particulares, en las cuales los miembros de otros grupos exhiben ciertas cualidades y comportamientos.

 

Por último, el prejuicio socava nuestra humanidad. El valor humano es reducido o descartado por la intolerancia y el rechazo del otro como un ser humano. El prejuicio carece de una empatía positiva con otras personas.

 

De esta manera, qué tan prejuiciosos somos depende de qué tan racionales, justos y humanos somos. Asimismo, alcanzar un equilibrio dependerá del cultivo de estas virtudes: racionalidad, justicia y humanidad. Ahora bien, la capacidad para pensar, por sí sola, no posee el poder para acabar con los prejuicios, también necesitamos una alta dosis de empatía.

 

Conclusión

 

Es un hecho que los prejuicios hacen nuestro mundo más llevadero, pero también son la causa de los problemas más profundos que enfrentamos como humanidad. Estamos prestos a luchar por nuestros intereses más no por nuestros derechos, y mucho menos por los derechos de otro ser humano que piensa o siente diferente a nosotros.

 

Nuestra crisis está en el mundo y en nuestra conciencia. Las respuestas están tanto en lo externo como en lo interno. Tenemos que ser serios y responder de manera total, si no respondemos a esa crisis, a ese reto, sólo aumentaremos consciente o inconscientemente la crisis misma y la inmensidad del dolor.

 

Reflexionemos si nuestro punto de vista es correcto o incorrecto, justo o injusto, humano o inhumano. Todos tenemos derecho a cambiar de opinión. Nunca es tarde para aprender a convivir.

 

La mayor parte de la humanidad quiere ser racional, humana y justa, entonces ¿por qué nos cuesta tanto?

 


Foto | «Yo soy un hombre» Marcha de derechos civiles, Memphis (USA) 29 de marzo de 1968.

 

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Licenciada en filosofía, ética y valores humanos.

La casa de la ética

El arte de saber vivir bien