Max Scheler concibe la jerarquía de los valores como una arquitectura espiritual que ordena nuestra vida más allá de la utilidad inmediata. En su visión, los valores son realidades objetivas que se revelan en la experiencia afectiva. Desde los valores sensibles, placer y dolor, hasta los valores espirituales, verdad, belleza y justicia, Scheler muestra que cada nivel abre un horizonte más amplio de sentido.
La cúspide la ocupan los valores religiosos que, sin anular a los anteriores, los integran en una totalidad trascendente. Esta jerarquía es dinámica, nos invita a elevar la mirada y a reconocer que nuestra dignidad se funda en la capacidad de orientar la existencia hacia lo más alto, sin olvidar las raíces vitales que sostienen el camino.
La jerarquía de los valores
Para Max Scheler, la razón no puede pensar los valores, solo los organiza en una jerarquía después de haberlos experimentado. Ahora bien, los valores se revelan en la esfera emocional con una lógica propia, distinta de la racional. Por eso, no podemos pensarlos, más bien los sentimos e intuimos.
Así, los valores expresan ideales de perfección que captamos intuitivamente y frente a los cuales nos sentimos atraídos. Scheler los describe como intemporales, absolutos, objetivos y autónomos, organizados en una jerarquía que va desde lo sensible hasta lo espiritual y religioso.
Esta jerarquía es un mapa dinámico, donde nuestra dignidad se funda en la capacidad de responder a lo más alto sin perder el arraigo en lo vital.
Del placer a lo trascendente
La jerarquía de los valores según Max Scheler se organiza en niveles ascendentes que muestran cómo nuestra vida puede orientarse desde lo más inmediato hasta lo más elevado.
- Valores sensibles: placer y dolor, lo agradable y lo desagradable.
- Valores vitales: fuerza, salud, vigor, lo noble frente a lo vulgar.
- Valores espirituales:
- Estéticos: belleza y fealdad.
- Jurídicos: justicia e injusticia.
- Cognoscitivos: verdad y falsedad.
- Valores religiosos: lo santo y lo profano, lo divino frente a lo mundano.
Dijérase, pues, que hay una gradación, en la cual un ser primigenio se va inclinando cada vez más sobre sí mismo, en la arquitectura del Universo, e intimando consigo mismo por grados cada vez más altos y dimensiones siempre nuevas, hasta comprenderse y poseerse íntegramente en el hombre.
— Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos
Desde el punto de vista del ser íntimo y propio de las cosas, todo lo que existe se nos presenta en cuatro grados esenciales. De esta manera, encontramos en correspondencia con estos grados las cosas inorgánicas, las plantas, los animales y las personas.
Gracias a los valores apreciamos y estimamos las cosas, y de la percepción que tenemos de ellos surge el sentido del deber moral. Una acción es buena en función del ordenamiento jerárquico que precede a los valores. Asimismo, lo correcto depende de la coherencia entre querer y actuar desde el propio entendimiento de los valores.

El amor es el valor primordial
Según Scheler somos seres amorosos, amamos en nuestra condición de seres racionales y libres. Somos un valor en sí mismos y por sí mismos, a nivel individual y social. En consecuencia, de todos los valores el amor es el valor primordial. De manera especial, el amor sostiene y lleva la vida a la plenitud, mientras que el corazón humano, o asiento del amor, explica la esencia de nuestra existencia.
El amor ama y ve en el amar algo más que lo que tiene у posее en sus manos. Puede fatigarse el impulso que lo desencadena; pero el amor mismo no se fatiga. Este sursum соrdа, que es su esencia, puede revestir formas fundamentalmente diversas en las diversas latitudes de las regiones de valor. […] El movimiento —en caso extremo, el amor personal — desarrolla, precisamente por esto, la persona en la dirección de su peculiar idealidad y perfección hasta el infinito.
― Max Scheler, Ordo Amoris
Preferimos unos valores por encima de otros. Pero, si preferimos un valor de rango inferior en lugar de un valor de rango más alto o un anti-valor a un valor, inevitablemente sufriremos un «desorden del corazón».
La ética de los valores
Como hemos visto, los valores se revelan en la experiencia afectiva, en esa intuición que nos atrae hacia lo noble, lo justo, lo verdadero y lo bello. Ellos son realidades que expresan lo correcto y lo incorrecto, lo que debería ser. Por lo tanto, la ética de los valores encierra el desarrollo de nuestra sensibilidad para captar lo que la razón por sí sola no alcanza. En este horizonte, actuar moralmente significa decidirse por un valor y comprometerse con él.
La ética de los valores busca determinar el grado de importancia de nuestras acciones y orientar la vida hacia lo mejor, distinguiendo entre lo inmediato y lo trascendente, entre lo útil y lo digno, y ordenando la existencia de modo que cada decisión se convierta en un paso hacia lo más alto en la jerarquía de los valores.
Lo correcto depende de la coherencia entre el querer y el actuar desde esa comprensión. Es decir, cómo ordenar la vida de acuerdo con la dignidad que los valores revelan. Así, una acción es buena en la medida en que respeta el orden jerárquico de los valores.
Semillas de reflexión
Los valores, intemporales y objetivos, se descubren en la experiencia afectiva y se ordenan en una jerarquía que orienta nuestras decisiones, de modo que cada acción se convierta en expresión de dignidad. Así, la jerarquía de los valores es un mapa para transitar la complejidad de este mundo y vivir desde la dignidad que los valores revelan, elevando la mirada del placer inmediato hacia lo trascendente.
La jerarquía de los valores en Scheler nos revela que nosotros mismos somos valor y destino, y nuestra vida se eleva cuando reconocemos y respondemos a lo que es más alto.