Platón: Amar sabiamente

 

Una de las más grandes enseñanzas de Platón es amar sabiamente. En El Banquete encontramos que la profetisa sagrada de Manitea llamada Diotima inició a Sócrates en todas las cosas referentes al amor. Según las enseñanzas de Diotima, el amor auténtico es el que contiene en sí mismo la búsqueda de la verdad y de la belleza.

 

Para Diotima, aunque Eros se represente como un dios no puede ser un dios, dado que el amor es deseo, aspiración de algo que carecemos.

 

Si el amor es amar la belleza y la bondad es porque carece de belleza y de bondad; entonces, dado que todos los dioses son hermosos y buenos, Eros no puede ser un dios.

 

El amor actúa como un vínculo entre lo temporal y lo espiritual, es un gran espíritu unificador, mitad dios y mitad humano. Algo semejante a una vía para ir de lo humano a lo divino, una búsqueda de la verdad y la belleza.

 

En consecuencia, Eros viene a ser el impulso que anima a las personas a amarse entre sí, a los filósofos a amar la verdad y a los místicos a anhelar la presencia de Dios.

 

Amor y belleza

 

Diotima revela a Sócrates que la manera apropiada de acercarnos a los misterios del amor es siguiendo la belleza en este mundo, como escalones, hasta alcanzar la belleza absoluta.

 

De esta manera, primero amamos a una persona bella, luego amamos toda belleza física y no únicamente un cuerpo bello. Después debemos encontrar que la belleza del alma es más valiosa que la belleza del cuerpo. Así, podemos amar a un alma hermosa, aunque esté alojada en un cuerpo que no lo sea.

 

Desde ahí alcanzamos la contemplación de la belleza moral y la belleza del conocimiento. Por último, llegamos al amor por la belleza misma, según Diotima, aquella que sólo puede contemplarse con la mente.

 

Ahora, Sócrates. […] verá de súbito ante sus ojos una belleza maravillosa, aquella precisamente, oh Sócrates, que constituía el fin de todos sus esfuerzos anteriores: belleza eterna, increada e imperecedera, que no es susceptible de aumento ni de disminución, una belleza que no es bella por un lado y fea por otro, bella para unos y fea para otros; una belleza que no es sensible como un rostro o unas manos, ni corporal. Que no es tampoco ni unas palabras ni unos conocimientos, que no reside en un sujeto diferente de ella misma, por ejemplo, en un animal, o en la tierra, o en el cielo, o en cualquier otra cosa; sino que existe eterna y absolutamente por sí misma y en sí misma; de la que participan todas las demás bellezas, sin que su nacimiento o su destrucción le aporten la menor disminución o el menor crecimiento, ni la modifiquen en nada.
― Platón, El Banquete

 

Amar es aspirar a lo bueno

 

En El Banquete Platón también explicó que el amor es carencia y deseo, se realiza por y entre nosotros y nace de nuestro deseo de lo bello y lo bueno, de nuestro anhelo de felicidad e inmortalidad:

 

Porque la belleza, Sócrates, no es, como tú te imaginas, el objeto del amor.
Platón: El amor consiste en aspirar a que lo bueno nos pertenezca siempre
—¿Pues cuál es el objeto del amor?
—Es la generación y la producción de la belleza.
—Sea así, respondí yo.
—No hay que dudar de ello, replicó.
—Pero, ¿por qué el objeto del amor es la generación?
—Porque es la generación la que perpetúa la familia de los seres animados, y le da la inmortalidad, que consiente la naturaleza mortal. Pues conforme a lo que ya hemos convenido, es necesario unir al deseo de lo bueno el deseo de la inmortalidad, puesto que el amor consiste en aspirar a que lo bueno nos pertenezca siempre.
― Platón, El Banquete

 

Una pareja amorosa siempre tiene algo que ver con el compañerismo, la amistad, la confianza mutua, la conciencia y el reconocimiento de lo humano y la conexión que los une, en un dar y recibir igualitario sin egoísmo. Amar sabiamente, como propone Platón, implica aspirar a lo bueno siempre.

 

Amar sabiamente es lo opuesto al egoísmo

 

Si buscamos lo bueno, como indica Platón, amar sabiamente es desear el mejor de los bienes para la persona amada. Sin poder, afirmando la propia vida y la unión de la vida.

 

El ego es poder y limita la visión que tenemos de la realidad y la manera de entender el mundo. No nos permite aceptar puntos de vista diferentes, solo vale nuestra propia visión de las cosas. Resulta radicalmente opuesto al amor, que es incierto, espontáneo, inesperado, fresco, vital.

 

De ahí la importancia de aprender a amar desde el corazón, porque la prioridad de amar es una afirmación de vida, no de poder.

 

La soledad, el desamor o la compañía equivocada, nos presenta desafíos que nos enseñan la importancia del amor. Por esas cosas de la vida, entendemos la agitación del amor sólo hasta que pasamos momentos amargos.

 

No somos aceptados como somos

 

En la ausencia del amor descubrimos la existencia de una triste verdad: la tensión por demostrar nuestro estatus a los demás porque no somos aceptados como somos.

 

Descubrimos que nuestros pensamientos y sentimientos más profundos son de escaso interés para las demás personas. También, que no somos comprendidos del todo, y probablemente no le importamos a las personas como nos gustaría.

 

Ahora bien, cuando somos amados, importamos y somos aceptados como somos. Al mismo tiempo, el amor hace posible que seamos nosotros mismos y revelemos nuestras extremas y absurdas vulnerabilidades y compulsiones.

 

Enamorados sentimos que existimos y que importamos. Nuestra identidad está segura en los brazos de la persona amada. El amor se torna en una promesa benevolente de atención y cuidado, la promesa de que seremos aceptados como somos, sin presión para seguir demostrando nuestro estatus.

 

El amor es el anhelo de abarcar el bien en su totalidad, y lo más específico del amor es el impulso a la unión del amante con el/la amado/a. El deseo de la presencia de la persona amada y la benevolencia, porque se desea el mejor de los bienes para la persona amada.

 

En consecuencia, amar sabiamente como sugiere Platón, implica desear el mejor de los bienes para nuestra pareja y aceptarla como es.

 

Amar es admirar a la persona amada

 

Aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida es la contemplación de la belleza misma. La cuestión es que la belleza pura, aquella que no está mezclada con la «inmundicia mortal», sólo la podemos contemplar con la mente.

 

Siguiendo a Diotima, sólo de esta manera, cuando veamos la belleza la reconoceremos por encima del oro y de los cuerpos hermosos, y aquellos que logremos verla seremos capaces de la verdadera virtud.

 

No todos nos enamoramos de las mismas personas, y es así porque no a todos nos faltan las mismas cosas. El amor es el anhelo de aquello que nos hace falta; por eso nos enamoramos de personas que prometen, de alguna manera, ayudarnos a hacernos enteros.

 

Ahora bien, aquello que deseamos de nuestras parejas es aquello que admiramos, pero no estamos seguros de poseerlo nosotros mismos.

 

Ante lo sugerido por Platón, amar sabiamente implica reconocer las virtudes de nuestra pareja y admirarla por lo que es.

 

Cabe anotar que el amor es un valor intrínsecamente más elevado que el deseo físico, algo que tenemos en común con el reino animal. Por este motivo, el deseo físico se entiende como algo de un orden inferior -del tipo reacción y estímulo- frente a un amor que busca la belleza ideal. Sin embargo, no podemos negar nuestra naturaleza. No sólo admiramos a la persona amada, también nos atrae poderosamente querer poseerla físicamente.

 

Es importante concebir el cuerpo como algo privado que debemos proteger y respetar. El permiso mutuo en el sexo es un privilegio extraordinario que brinda la oportunidad de aceptar y ser aceptados como realmente somos.

 

Amar es trascender

 

El amor es una promesa a la trascendencia a través del amado. Amamos con la esperanza de ser ayudados y redimidos por la otra persona. En nuestro interior albergamos el deseo de crecer y que la pareja nos ayude a ser mejores personas.

 

El amor reúne, en principio, a dos personas que desean crecer juntas y se ayudan mutuamente. Desde esta perspectiva, amar implica forjar una relación unida al compromiso de ayudar al otro a ser la mejor versión de sí mismo. Al mismo tiempo, aceptamos que nuestra evolución no ha finalizado y que nuestra pareja puede ayudarnos a crecer.

 

La cuestión entonces es que nunca amaremos realmente, si no deseamos mejorar y alcanzar nuestro máximo potencial humano.

 

Amar lleva implícito el deseo de  conocernos a nosotros mismos

 

En Fedro, Platón anotó que el amor consiste en nuestra locura o delirio por el conocimiento, pero como recuerdo de un saber que nuestra alma ya ha adquirido, y que recuperamos a través de la combinación de aquello que percibimos por los sentidos:

 

Porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana. Conviene que, en efecto, el hombre se dé cuenta de lo que le dicen las ideas, yendo de muchas sensaciones a aquello que se concentra en el pensamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio en otro tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad, mirando desde lo alto a lo que ahora decimos que es, y alzando la cabeza a lo que es en realidad.
[…]
Así que, de todas las formas de «entusiasmo», es ésta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía, al amante de los bellos, se le llamará enamorado.
― Platón, Fedro

 

El amor a la verdad está estrechamente ligado al amor de la persona, porque en el cuidado de la persona amada, el amante se esfuerza por superarse, es decir, se esfuerza por buscar el conocimiento.

 

Para reconocernos a nosotros mismos debemos mirarnos en un espejo. Así como un ojo puede verse a sí mismo en otro ojo, el alma puede reflejarse en otra alma y así reconocerse a sí misma.

 

Al vernos reflejados en la persona amada, gradualmente logramos entendernos mejor a sí mismos.

 

CONCLUSIÓN

 

El amor se ha convertido en un bien de consumo más, un producto entre muchos. A esa lógica sigue la búsqueda de la propia satisfacción, tan dominante en una sociedad orientada por el individualismo y el egoísmo materialista.

 

Sumergidos en una suerte de corriente consumista-romántica, suponemos que una relación de amor es una relación íntima que, bajo los signos románticos convencionales, conlleva un resultado negociado. Ya sea en una relación íntima erótica, en una vida cotidiana compartida o proyectada esa relación, incluso, en un convenio familiar con los hijos, la casa, el perro y el automóvil. El amor, sin embargo, no es un resultado negociado. No se trata sólo de cubrir las necesidades individuales ni de la seguridad de dos o más. El amor no es el resultado de algún compromiso, el apego o la lujuria.

 

Las relaciones de amor van más allá de la sexualidad y de quién comparte qué exactamente con quién. Se trata de la conciencia de cuidar y de involucrarse con la persona amada en su condición o capacidad de ser diferente (alteridad).

 

El modo en que Platón nos invita a amar sabiamente implica también reconocer el propio egoísmo, desear realmente lo mejor para la persona que queremos, aceptarla como es y admirarla. Teniendo en cuenta la suma que aporta la consideración de trascender y de conocernos a nosotros mismos.

 

El desafío de cultivar el amor

 

Ahora bien, para crear un mundo más justo y en paz, el amor de pareja resulta más importante de lo que podríamos creer. Las relaciones de poder son una característica propia de las diferentes relaciones sociales. Siendo la relación de pareja la forma más pequeña, no está exenta de las dinámicas de poder. No obstante, existe una relación sin poder: el amor.

 

Todos tenemos el desafío de cultivar nuestra capacidad de amar, y amar sabiamente como aconseja Platón. Porque para que haya paz en el mundo, la humanidad en autodeterminación democrática requiere amor.

 

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Licenciada en filosofía, ética y valores humanos.

La casa de la ética

El arte de saber vivir bien