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Longfellow: el salmo de la vida

 

Longfellow escribió el salmo de la vida para la edición de octubre de 1838 de la revista literaria The Knickerbocker. Cuenta la leyenda que se le prometieron cinco dólares por su publicación, pero nunca recibió el pago.

 

Lo que el corazón del joven le dijo al salmista.

 

No me digas lamentándote,
¡la vida no es más que un sueño vano!
Puesto que muerta está el alma que dormita
y las cosas no son lo que parecen.

 

¡La vida es real!, ¡la vida es grave!
Y la tumba no es su meta.
Polvo eres y en polvo te convertirás,
no se refería al alma.

 

Ni el goce, ni el pesar
son a la postre nuestro destino;
es actuar para que cada amanecer
nos lleve más lejos que hoy.

 

El tiempo es breve y el arte es largo
y nuestros corazones, aunque bravos y valerosos,
todavía, al igual que tambores sordos,
tocan marchas fúnebres hacia la sepultura.

 

En el extenso campo de batalla de este mundo,
en el campamento de la vida,
¡no seas como buey mudo aguijado!
¡sino héroe en el conflicto!

 

¡Desconfía del futuro por agradable que sea!
Deja que el pasado muerto entierre a sus muertos.
¡Actúa, actúa en el vivo presente
el corazón firme y Dios guiándote!

 

Las vidas de los grandes hombres nos recuerdan
que podemos sublimar las nuestras,
y al partir tras de sí dejan
sus huellas en las arenas del tiempo.

 

Huellas por las que quizás otro que navegue
por el solemne océano de la vida,
un hermano náufrago desolado,
al verlas, vuelva a recobrar la esperanza.

 

En pie y manos a la obra,
con ánimo para afrontar cualquier destino.
Logrando y persistiendo,
aprendiendo así a trabajar y a esperar.

― Henry Wadsworth Longfellow (1807 – 1882)

 

El poema de Longfellow, el salmo de la vida, se enmarca como un monólogo dramático pronunciado por el Corazón de un joven a un salmista. En el poema, el orador declara que vivir en el presente es más piadoso, que el tipo de vida austera y moderada que defienden los salmistas. Así, el poema captura el espíritu de carpe diem , o aprovecha el día.

 

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