La felicidad hay que pensarla

 

Felicidad es un término intangible creado y entendido por el pensamiento o la imaginación. Demócrito fue, tal vez, uno de los primeros en sostener que la felicidad era un «caso de la mente». Pero, en estos días la damos por sentada, hemos olvidado que la felicidad hay que pensarla.

 

Dos sentidos de la felicidad

 

Cuando pienso en la felicidad, lo primero que me viene a la mente es aquella caricatura en la que Mafalda visita un cerrajero, y le pide que le haga la llave de la felicidad, a lo que el cerrajero responde: «Con mucho gusto nenita ¿A ver el modelo?»

 

La genialidad de Quino ilustra de manera impecable la dificultad implícita en la comprensión sobre qué es realmente la felicidad. Ahora bien, a falta de un modelo, la filosofía de la felicidad nos presenta dos modelos de la felicidad: el bienestar y un estado mental.

 

La filosofía de la felicidad explica el estado mental como un término psicológico puramente descriptivo. En principio, se trata de un estado de ánimo, es decir, una forma de estar cuya duración es prolongada. Para hacernos una idea, la felicidad se puede entender como un estado de ánimo como la tranquilidad, la depresión o la preocupación.

 

Sin embargo, no todos los filósofos que escriben sobre la felicidad concuerdan con la explicación anterior. También hay quienes identifican la felicidad con un término de valor, lo que los filósofos llaman bienestar o florecimiento. Desde este sentido, la felicidad es una vida que va bien para quien la lleva. Entre paréntesis, el presente artículo se centra en este sentido del bienestar.

 

La felicidad como un sentido del bienestar es hacer un juicio de valor: tenemos lo que sea que nos beneficia. Básicamente, se trata de aquello que nos hace bien, nos hace mejores o sirve a nuestros intereses. Asimismo, tener un alto nivel de bienestar es llevar una vida que nos va bien.

 

Podemos identificar la felicidad tanto con bienes sensibles inmediatos y parciales como con un bien total. En consecuencia, el verdadero problema está en entender la felicidad de la misma manera.

 

Hay tantas formas de entender la felicidad como conciencias capaces de registrarla

 

Hay muchas formas de entender la felicidad, de ahí la importancia de pensarla. A lo largo de los años, usando el famoso Cuestionario Proust, la Revista Vanity Fair le ha preguntado a un centenar de celebridades sobre su idea de felicidad perfecta. Gracias a esas entrevistas, en sus páginas encontramos una colección alucinante de respuestas a la pregunta por la felicidad. Por ejemplo, Sophia Loren respondió: «Un plato de ragú fettuccine con mis hijos». Jane Goodel respondió: «Sentada sola en el bosque del Parque Nacional de Gombe, mirando a una de las madres chimpancés con su familia». Y David Bowie respondió simplemente: «Leer».

 

Las respuestas son específicas y reflejan la especial singularidad de cada conciencia. Aun así, de manera -casi- conciliadora, también encierran un acercamiento: la felicidad se nos revela como un estado interno de satisfacción y dicha, producto de la completa realización de nuestros objetivos, intenciones o sueños. Por tanto, un niño con un helado puede ser tan feliz como un monje practicando sus votos monásticos, o viceversa.

 

Nos movemos en un vasto espectro de valores

 

Cuando decimos que la felicidad hay que pensarla, ponemos en perspectiva el propio código de valores y principios éticos. No podemos eludir hacer un juicio de valor para obtener lo que sea que nos beneficia. La cuestión es que las personas no tenemos los mismos valores. De hecho, la mayor parte del tiempo diferimos sobre qué vidas consideramos felices, precisamente porque nuestros valores no coinciden.

 

Si identificamos la felicidad con el placer y bienes sensibles inmediatos y parciales, nos conformamos con pequeños momentos pasajeros de felicidad. Con otras palabras, la satisfacción proviene de disfrutar la vida y del cubrimiento de necesidades de cada momento como conseguir un trabajo, establecer una relación sentimental, tener un descanso, una comida o una relación sexual.

 

Por el contrario, si identificamos la felicidad con la plenitud de la vida y un bien total, entonces buscamos la realización plena de nuestro propio ser, aquella ligada a la trascendencia.

 

Nos movemos en un vasto espectro de valores. Por ejemplo, para algunas personas lo que importa para el bienestar es obtener lo que quieres. Así, la vida colmada de éxitos es una vida feliz, independientemente de cómo se obtienen esos éxitos. En una escala de valores diferente, encontramos personas que niegan esto, porque piensan que una vida sin principios éticos, por exitosa que sea, es una vida pobre y triste.

 

El desacuerdo es inevitable, pero siempre hay más de una manera de hacer las cosas. Por eso, la felicidad hay que pensarla. La manera como entendemos la felicidad depende en gran medida de cómo comprendemos el mundo y a nosotros mismos.

 

La felicidad es algo que deseamos y una consecuencia de nuestra acción

 

Independientemente de cómo entendemos la felicidad, nos enfrentamos a un problema mayor: no podemos decidir directamente sobre la felicidad. Queremos ser felices y buscamos la felicidad en la realización de nuestros sueños y objetivos, pero estas son cosas que deseamos, y sólo tenemos el control de los medios para alcanzar los deseos, no de los deseos mismos. Por tanto, la felicidad es algo que deseamos y una consecuencia de nuestra acción.

 

Partiendo de lo anterior y siguiendo a Aristóteles, nuestra acción tiene el único objetivo de ser felices. En Ética a Nicómaco, o Ética nicomáquea, leemos que todas las personas por nuestra naturaleza estamos orientadas hacia la felicidad, es decir, que todo lo que hacemos lo hacemos porque queremos ser felices.

 

Consideramos perfecto lo que se elige siempre por sí mismo y no por otra cosa. Tal parece ser eminentemente la felicidad, pues la elegimos siempre por ella misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, el entendimiento y toda virtud los deseamos ciertamente por sí mismos (pues, aunque nada resultara de ellas, desearíamos todas estas cosas), pero también los deseamos en vista de la felicidad, pues creemos que seremos felices por medio de ellos. 

― Aristóteles, Ética a Nicómaco

 

La búsqueda de «eso» que llamamos felicidad se automanifiesta en deseos particulares y concretos, y en ello se descubre la practicidad de nuestro pensamiento. Algo así como porque queremos ser felices de determinada manera entonces deseamos esto o aquello. No obstante, según Aristóteles, tenemos la capacidad de pensar sobre nuestros deseos, y dado que podemos pensarlos, también podemos orientar nuestros deseos racionalmente.

 

Lo que es propio de cada uno por naturaleza es también lo más excelente y lo más agradable para cada uno; para el hombre lo será, por tanto, la vida conforme a la mente, ya que eso es primariamente el hombre. Esta vida será también, por consiguiente, la más feliz. 

― Aristóteles, Ética a Nicómaco

 

La felicidad hay que pensarla antes de actuar. Experimentamos la felicidad de forma pasiva, ella tiende a cosas que podemos conseguir y acompaña cada uno de nuestros actos, pero no podemos decidir directamente sobre ella.

 

La felicidad no puede ni debe dictar nuestro comportamiento

 

Para Kant, si bien todos deseamos ser felices y nuestros actos están orientados a la consecución de la felicidad, ésta no puede ser principio universal de nuestro comportamiento. Precisamente, porque la felicidad es diferente para cada persona y tendemos a ella basados en lo que conocemos, nuestros pensamientos y sentimientos.

 

En efecto, donde haya de poner cada cual su felicidad, depende en cada uno de su particular sentimiento de placer y dolor, y, aun en un mismo sujeto, de las necesidades provenientes de las modificaciones de este sentimiento, y en consecuencia una ley subjetivamente necesaria […] es objetivamente un principio práctico muy contingente que puede y debe ser muy diferente en sujetos distintos y por lo tanto nunca puede producir una ley, puesto que en el afán de felicidad, lo que importa no es la forma de legalidad sino simplemente la materia, a saber, si y cuánto placer puedo esperar siguiendo la ley. 

― Kant, Crítica de la razón práctica

 

No debemos hacer algo simplemente porque promete hacernos felices. Después de todo hasta el más terrible asesino serial lo único que desea es ser feliz, y por eso hace lo que hace.

 

La felicidad hay que pensarla para ser dignos de ella

 

Todos deseamos ser felices, pero cómo alcanzamos la felicidad es más importante que la felicidad misma. Porque la felicidad, como explica Kant, es «estar contento con toda la propia existencia», no con una parte de ella.

 

No podemos ponernos de acuerdo con la manera de lograr la felicidad, quizá, sólo en la manera como entendemos la moralidad. No obstante, la moralidad o vida virtuosa, por sí misma, no es condición suficiente para una vida feliz, sólo nos hace dignos de ser felices.

 

La moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad. Sólo cuando la religión se añade a ella, aparece también la esperanza de llegar un día a ser partícipes de la felicidad en la medida en que nos hayamos cuidado de no ser indignos de ella. 

― Kant, Crítica de la razón práctica

 


Arte | «Una vez que hemos visto el resplandor de la felicidad en el rostro de un ser que amamos, sabemos que no hay otro destino para el hombre que provocar esa luz en los rostros que lo rodean». (Jean Mannheim, «Felicidad …»)

 

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Licenciada en filosofía, ética y valores humanos.

La casa de la ética

El arte de saber vivir bien