Contrario a Descartes, para Hume la reflexión sobre la propia experiencia no revela la existencia de un yo continuo. Más bien, la reflexión sólo revela un flujo siempre cambiante de estados o eventos mentales.
Por mi parte, cuando penetro más íntimamente en lo que llamo «yo mismo», siempre tropiezo con una u otra percepción particular, de frío o de calor, de luz o de sombra, de dolor o de placer. Nunca puedo captar un «yo mismo» sin encontrar siempre una percepción, y nunca puedo observar nada más que la percepción.
― Hume, Tratado de la naturaleza humana

Para Hume el «yo» no existe como tal
El yo no es más que un conjunto de experiencias vinculadas por las relaciones de causalidad y semejanza. Una suerte de colecciones de «contenidos sensoriales».
Hume observa que si bien podemos percibir dos eventos que parecen ocurrir en conjunto, no podemos conocer la naturaleza de su conexión. De manera similar, el yo es solo un conjunto de percepciones, como los eslabones de una cadena. Y así como no encontramos la cadena más allá de los eslabones que la conforman, no encontramos un yo unificado más allá de nuestras percepciones.
Nunca puedo atraparme a mí mismo en ningún caso sin ninguna percepción, y nunca puedo observar otra cosa que la percepción. Cuando mis percepciones son suprimidas durante algún tiempo: en un sueño profundo, por ejemplo, durante todo ese tiempo no me doy cuenta de mí mismo, y puede decirse que verdaderamente no existo.
― Hume, Tratado de la naturaleza humana
No importa cuánto nos esforcemos no podemos observar algo más allá de una serie de sentimientos, sensaciones e impresiones transitorias. No podemos observarnos a nosotros mismos -o lo que somos-, de manera unificada. No podemos pillarnos a nosotros mismos ni aquello que nos hace únicos.
Según Hume, aquello que llamamos yo es el resultado de nuestro hábito natural de otorgarle existencia unificada a cualquier colección de partes asociadas. La cuestión es que, aunque esta creencia es natural, no es lógica.
Memoria y vínculos sostienen lo que creemos ser
La concepción humeana del yo nos invita a abandonar la ilusión de una identidad fija y permanente. En lugar de un núcleo inmutable, lo que encontramos es una sucesión de percepciones enlazadas por semejanza y causalidad. El yo, entonces, no es una sustancia, sino una construcción que emerge de la experiencia misma. Esta visión desafía la idea de una esencia personal y nos conduce a pensar la identidad como un proceso dinámico, siempre en movimiento.
Reconocer esta fragilidad del yo abre la posibilidad de una vida más consciente: aceptar que somos cambio, que nuestra continuidad depende de la memoria y de las relaciones que tejemos, y que la autenticidad no se halla en un fondo oculto, sino en la manera en que habitamos nuestras percepciones y vínculos.
Conclusión: el yo no es esencia, sino tránsito
La concepción del yo en Hume no es un núcleo estable, sino un entramado frágil que se sostiene en la memoria y en las relaciones que tejemos. Esta visión, lejos de ser un simple relativismo, nos obliga a reconocer que la identidad es un proceso en movimiento, una construcción que nunca se cierra del todo.
En un presente marcado por la obsesión con la autenticidad y la fijación de perfiles —desde las redes sociales hasta los sistemas de vigilancia algorítmica— la propuesta humeana se vuelve crítica: el yo no es una esencia que pueda capturarse, sino un flujo que se rehace constantemente. La ética, en este marco, no consiste en custodiar un fondo oculto, sino en asumir la responsabilidad de habitar nuestras percepciones y vínculos con conciencia de su fragilidad.
El yo no es esencia, sino tránsito: memoria y vínculos sostienen lo que creemos ser.