El sentido de la vida

 

Para Albert Camus el sentido de la vida era la pregunta más apremiante. A su manera de ver, tan pronto como comenzamos a pensar seriamente sobre las cosas, es inevitable darse cuenta que la vida no tiene sentido, viéndonos así obligados a preguntarnos si debemos o no acabar con todo:

 

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

― Albert Camus, El mito de Sísifo

 

Cuando hablamos del sentido de la vida nos referimos a algo bueno por sí mismo o, en relación con ello, algo que proporciona una razón fundamental para la acción. Se trata de algo conceptualmente distinto de la felicidad. Sin embargo, de manera similar a la felicidad, el sentido de la vida es un conjunto de ideas superpuestas, que pueden ir desde gozar de estatus social y exhibir una historia de éxitos, hasta trascender nuestra naturaleza animal y cumplir algún propósito de orden superior.

 

¿Qué nos empuja a continuar?

 

Hace muchos años leí un cuento corto sobre un prisionero en un campo de concentración que me impactó sobremanera. Lo que fuera que empujaba a este prisionero a continuar, también lo quería tener.

 

Érase una vez un campo de concentración en el que vivía un prisionero que, a pesar de estar sentenciado a muerte, se sentía libre y carente de temor. Un día apareció en medio de la explanada tocando su guitarra, y una gran multitud se arremolinó en torno a él para escuchar, porque, bajo el hechizo de la música, los que le oían se veían, como él, libres del miedo. Cuando las autoridades de la prisión lo vieron, prohibieron al hombre volver a tocar.

 

Pero, al día siguiente, allí estaba él de nuevo, cantando y tocando su guitarra, rodeado de una multitud. Los guardianes se lo llevaron de allí sin contemplaciones y le cortaron los dedos.

 

Y una vez más, al día siguiente, se puso a cantar y a hacer la música que podía con sus muñones sanguinolentos. Y, esta vez, la gente aplaudía entusiasmada. Los guardianes volvieron a llevárselo a rastras y destrozaron su guitarra.

 

Al día siguiente, de nuevo estaba cantando con toda su alma. ¡Y qué forma tan pura y tan inspirada de cantar! La gente se puso a corear le y, mientras duró el cántico, sus corazones se hicieron tan puros como el suyo, y sus espíritus igualmente invencibles. Los guardianes estaban esta vez tan enojados que le arrancaron la lengua.

 

Sobre el campo de concentración cayó un espeso silencio, algo indefinible y como inmortal.

 

Y, para asombro de todos, al día siguiente estaba allí de nuevo, balanceándose y danzando a los sones de una silenciosa música que sólo él podía oír. Y al poco tiempo, todo el mundo estaba alzando sus manos y danzando en torno a su sangrante y destrozada figura, mientras los guardianes estaban como inmovilizados y no salían de su estupor.

— Anthony de Mello, La oración de la rana

 

La pregunta por el sentido de la vida

 

En el imaginario colectivo subyace la creencia que la cuestión del sentido de la vida es una cuestión fundamental, materia de estudio de las más grandes mentes que han existido. Pero, no lo es.

 

La verdad es que no es una preocupación filosófica atemporal. De hecho, si revisamos los diálogos de Platón podemos constatar que no aparece. La pregunta por el sentido de la vida surge en la modernidad tardía, y solo en los últimos 20 años ha sido objeto de estudio por la filosofía analítica norteamericana y australiana.

 

Al parecer, el deseo por escapar del sinsentido y la necesidad por superar una visión negativa sobre la vida humana, nos llevó a hablar en términos de «el sentido de la vida», cuando antes no era habitual hacerlo.

 

El sentido, o más bien sinsentido, de la vida lo empezamos a encontrar en el siglo XIX, en los textos de Kierkegaard y Nietzsche, entre otros.

 

Desde una perspectiva histórica, la pregunta por el sentido de la vida es una construcción social contingente. Se genera desde un contexto de duda, pesimismo e incertidumbre como respuesta a condiciones políticas, intelectuales y sociales que sugieren que la vida carece de sentido.

 

Una cuestión de propósito

 

Ahora bien, que no nos preguntáramos por el sentido de la vida, no significa que no nos hiciéramos preguntas sobre la vida. Ya en la antigüedad existía la preocupación por «el fin del hombre» o «el bien principal del hombre». Los griegos lo llamaban el telos, los latinos el summum bonum o ultimus finis.

 

La pregunta por el sentido de la vida no era importante. En su lugar encontramos la pregunta por el propósito humano, que no solo es la motivación de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, también es la pregunta más importante de las tres partes de la Suma teológica de Tomás de Aquino. Asimismo, muchos de los diálogos de Platón consideran el sumo bien humano, y aquellos que no lo hacen tratan temas relacionados como conocimiento, leyes, virtudes, amistad, amor y muerte.

 

El fin o propósito humano es el por qué intrínseco y esencial de los seres humanos: ¿para qué estamos aquí?, ¿cuál es la finalidad última de nuestra existencia?

 

Se trata de una cuestión ética: ¿cómo debemos vivir?, ¿con qué fin debo actuar? En consecuencia, lo que sea que llamamos sentido de la vida no puede reducirse a un sentir intencional, desligado de un propósito esencial e intrínseco ajeno al campo moral. Para alcanzar una vida significativa debemos poner nuestra atención en la direccionalidad de la acción, hacia un summum bonum o ultimus finis.

 

Ser buenos para ser felices

 

Siguiendo al Aquinate, todos nuestros actos están orientados por un fin último, a saber, el sumo bien, el cual solo puede ser nuestra felicidad. Pero, no se trata de cualquier felicidad, sino de aquella que alcanzamos en el máximo conocimiento y amor naturales de Dios. En principio, se trata de ser buenos para ser felices. Santo Tomás explica que ni las riquezas, ni la fama, ni el honor, ni el placer ni el poder pueden ser la fuente de nuestra felicidad. Son sólo medios para el fin último o simples acompañantes suyos.

 

La felicidad voluptuosa –que consiste en la acumulación de riquezas y en la satisfacción de las pasiones-, por ser falsa y contraria a la razón, es impedimento de la bienaventuranza futura. En cambio, la felicidad de la vida activa –que radica en la práctica de las virtudes morales- dispone para la bienaventuranza futura. Y la felicidad contemplativa, si es perfecta, constituye esencialmente la misma bienaventuranza futura; y, si es imperfecta, es cierta incoación –o inicio-de la misma.

— Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIa

 

Los antiguos poetas nos ayudan a comprender mejor la importancia de la búsqueda del sumo bien, como los poemas la Ilíada y la Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, o la Divina comedia de Dante Alighieri.

 

Una cuestión de compromiso personal

 

La pregunta por nuestro propósito es una pregunta general sobre el bien esencial de nuestra naturaleza como tal. Pero, la pregunta por el sentido de la vida es individualista y particular.

 

Toda la importancia y todo el peso de la pregunta por el sentido de la vida, recae sobre la persona que se pregunta y solicita una respuesta a sí misma. Ahora bien, la calidad de la respuesta dependerá de los recursos intelectuales, emocionales, éticos y espirituales de la persona que se plantea la pregunta. Fundamentalmente, se trata de una cuestión de compromiso personal.

 

Viktor Frankl explica este compromiso personal de manera seria y contundente. Para él, la pregunta por el sentido de la vida es una pregunta personal sobre cómo encontrar nuestra vocación única y especial. Al describir el desafío de la vida en el campo de concentración, dice lo siguiente:

 

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

— Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

 

No es posible definir el sentido de la vida de forma general

 

Para Frankl, debido a que la vida es diferente para cada persona, no es posible definir el sentido de la vida de forma general, éste varía de persona a persona y de un momento a otro.

 

«Vida» no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al problema que la situación plantea.

— Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

 

El sentido de la vida en un sentido estricto

 

Podemos distinguir entre el sentido «en» la vida de una persona, y el sentido «de» la vida en un sentido estricto, donde la especie humana como un todo es lo que puede ser significativo o no.

 

Dios y el sentido de la vida

 

Para las personas creyentes la existencia tiene sentido al cumplir el propósito que Dios nos ha asignado. La creencia provee reglas morales invariables y valores objetivos en general, que le otorgan sentido a nuestras vidas.

 

Partimos de que Dios tiene un plan para el universo y que la vida es significativa, en la medida en que ayudamos a Dios a realizar este plan.

 

Así, cumplir el propósito de Dios mediante la libre elección es la única fuente de sentido. Y si uno no hace lo que Dios quiere que haga con su vida, entonces, la vida carece de sentido.

 

El problema es que a medida que dejamos de creer, desaparece el sentido que una vez Dios garantizó.

 

La ciencia y el sentido de la vida

 

Los científicos nos dicen que la existencia tiene un sentido para todos los seres vivos, incluidos nosotros humanos, de hecho, uno bastante sombrío: la supervivencia de la especie.

 

Sobrevivir y propagar el material genético, ese es el plan de la naturaleza para nosotros.

 

La ausencia de sentido

 

Para algunos, no es posible encontrar un único sentido primario de la vida, además todo les parece sugerir que no existe ninguno.

 

Schopenhauer, por ejemplo, concluyó que la vida es la manifestación de un ciego impulso irracional y, por tanto, no tiene ninguna clase de sentido ni de finalidad propia.

 

Según esto, nuestras vidas carecen de sentido porque estamos invariablemente insatisfechos, o bien, aún no hemos obtenido lo que buscamos o lo hemos obtenido y estamos aburridos.

 

Para otros, como Camus, no tener ningún propósito es mejor que tener cualquier tipo de propósito predeterminado. La vida se vive mejor si ésta no tiene una finalidad dictada por las estrellas.

 

El sentido de la vida y la felicidad

 

Preguntar si la vida tiene sentido no es lo mismo que preguntar si la vida es agradable o si está bien según la persona que la está viviendo. Es más bien, una razón de ser y de hacer, un bien final variable y gradiente en la vida de una persona, que es conceptualmente distinto de la felicidad.

 

Igualmente, el sentido de la vida no es todo o nada, por el contrario, viene en grados y podemos tener períodos de la vida más significativos que otros.

 

Podemos estar rodeados de personas, pero todo nos parece superficial y trivial. También, podemos tener un trabajo bien remunerado, pero nos sentimos vacíos. O podemos estar en una relación de pareja en la que nos sentimos infelices, porque la intensidad que experimentamos al comienzo desapareció hace mucho tiempo. En general, la infelicidad nos hace sentir las cosas sin sentido.

 

El meollo del asunto es que, si bien la felicidad puede otorgarle más sentido a nuestras vidas, por sí misma no lo garantiza. Igualmente, un mayor sentido por sí mismo no garantiza la felicidad. Tanto la felicidad como el sentido de la vida sólo avanzan llevando una vida ética, como en los poemas de Homero, Virgilio o Dante.

 

Si nos enfocamos en darle sentido a nuestras vidas buscando solo aquello que nos hace felices, corremos el riesgo de quedar fuera del campo ético, gravitando en una esfera de estética pura: ¿qué evocará mi vida?, ¿qué representará?

 

Los antiguos sabios fueron serios al respecto, nuestra razón de ser, nuestro propósito, es necesariamente una cuestión ética: ¿cómo debemos vivir?, ¿con qué fin debo actuar?

 

La búsqueda del sentido de la vida

 

Una cosa es la vida y otra muy distinta es nuestra experiencia de la vida, la cual se construye a partir de las relaciones entre la propia realidad, la realidad de las cosas que nos rodean y la realidad de las otras personas.

 

Es en la experiencia de la vida que nuestros impulsos y sentimientos se unen con el entorno, la situación o el destino, construyendo así saberes e incertidumbres que nos llevan a indagar por el sentido de la vida.

 

Sabemos que existe la posibilidad que nuestra vida no tenga un propósito predeterminado. Sin embargo, esto no significa que no pueda tener un propósito, ni que este propósito no pueda ser tan bueno o mejor como cualquier otro predeterminado.

 

También sabemos que podemos esforzarnos y crear nuestros propios propósitos. Una vida significativa es aquella en la que hemos logrado propósitos dignos que nos aportan satisfacción. Propósitos que no solo tienen un valor positivo, sino que también hacen que nuestra vida sea coherente y nos permiten trascendernos.

 

Puede ser que la vida no tenga un sentido, pero intuimos el sentido de estar vivos, y esa ya es una oportunidad suficiente para crear sentido.

 

Tres valores que le dan sentido a la vida:

 

Comunicación

Ser auténticos y practicar una comunicación sincera nos permite «conectar» honestamente con las personas. Por ejemplo, compartir lo que realmente nos importa cuando revelamos nuestro ser íntimo, físico y psicológico a la persona que escogemos como amante y amiga.

 

Comprensión

Corregir la confusión y el desconcierto acerca de nosotros mismos o del mundo. Por ejemplo, no importa qué hacemos para ganarnos la vida, sólo podemos disfrutar lo que hacemos cuando comprendemos lo que nos resulta extraño o desconocido.

 

Servicio

Una de las cosas más significativas que podemos hacer es servir a otras personas. Sin embargo, es necesario conocernos a nosotros mismos lo suficiente para encontrar nuestro camino particular hacia el servicio. De modo que no sólo sirvamos per se, sino que sirvamos aprovechando nuestros intereses sentidos, es decir, aquello que nos apasiona.

 

Conclusión

 

Todo indica que no hay ningún tipo de sentido objetivo escrito en las estrellas, en un libro sagrado o en secuencias de ADN. Al parecer no hay un único sentido primario de la vida, fuera de aquello que podemos encontrar por nosotros mismos como especie.

 

No obstante, hay ciertas cosas que nuestra naturaleza nos exige que dan sentido a nuestras vidas, como relacionarnos con otras personas, compartir cosas importantes, comprendernos a nosotros mismos y al mundo, o tener una actividad que nos apasiona, entre muchas otras cosas.

 

Todos queremos que nuestras vidas tengan una razón de ser, un propósito, pero sobre todo queremos una vida feliz, por eso dirigimos la mirada al cielo con lágrimas en los ojos, y preguntamos cuál es el sentido de la vida. Pero, tal vez, lo mejor sea no preguntar y seguir el ejemplo del prisionero en el campo de concentración: vivir.

 


Arte | El mundo de Christina de Andrew Wyeth, 1948. La mujer en la pintura es Christina Olson, vecina del pintor en Maine. Christina quedó inválida por la polio y vivía en la granja que vemos en la pintura. Ella no utilizaba silla de ruedas, prefería desplazarse tocando la hierba. El artista conmovido por su fuerza de voluntad la pintó de esta manera. En palabras de Wyeth para «hacer justicia a la extraordinaria conquista de una vida que para muchos sería desoladora».

 

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Licenciada en filosofía, ética y valores humanos.

La casa de la ética

El arte de saber vivir bien