el diario de Ana Frank

 

El diario de Ana Frank es un diario de esperanza, que nos ayuda a elevarnos por encima del odio y del miedo. Pero sobre todo, es una lección sobre derechos humanos y dignidad humana.

 

Donde hay esperanza, hay vida. Nos llena de coraje y nos hace fuertes de nuevo.

— Ana Frank

 

A mediados de junio de 1942, Ana Frank recibió el diario por su cumpleaños número 13, y escribió:

 

«Espero poder confiártelo todo, de un modo como no he podido hacerlo hasta ahora con nadie, y espero que seas un gran apoyo para mí. Ana Frank, 12 de junio de 1942»

 

La persecución de los judíos llegó a los Países Bajos y la niña se escondió con su hermana Margot, su padre Otto, su madre Edith y los Van Pels en una casa de una empresa en Amsterdam.

 

En un espacio reducido, el «anexo», intentaron permanecer sin ser detectados. En el escondite debía haber un silencio total mientras los trabajadores de la compañía estaban en el edificio. Ni siquiera se podía usar zapatos.

 

El sonido hacía eco a través de las paredes:

 

«Y otras exclamaciones semejantes para papá, que está en el cuarto de baño. Debe volver a su habitación a las ocho y media en punto. Todos los grifos son cerrados, la descarga del W.C. está prohibida. Nada de ruido, es la consigna. Hasta que no llega el personal de oficina; los hombres del depósito pueden oírnos en el silencio de los locales vacíos.»

 

Ana pasó por todos los estados de ánimo de la juventud. No se sentía comprendida y desnudó su corazón en su diario:

 

«La cosa más maravillosa, y ya es algo, es poder escribir todo lo que siento; si no, me ahogaría.»

 

Ana no solo es una de las víctimas más conocidas del Holocausto, ella también es símbolo de esperanza y humanidad.

 

El legado del diario de Ana Frank es… perseverar y tener esperanza en medio de la incertidumbre.

 

Estoy extenuada por los bombardeos y la falta de sueño, y no tengo ganas de estudiar. La ansiedad con respecto a lo que sucederá nos mantiene viva la esperanza de ver el fin de todo eso, quizás este año…
[…]
Sólo veo rostros descontentos y sombríos. No oigo más que suspiros y quejas reprimidas. Dijérase que, bruscamente, todo anda mal entre nosotros. En el anexo, cada uno pelea con sus propios nervios, sin llegar jamás a una conclusión. Todos los días oímos. «¡Si esto tan sólo terminara!».
Mis estudios, mis esperanzas, mi amor, mi valor, todo eso me hace mantener la cabeza alta y ser juiciosa.
[…]
El anexo es un volcán en erupción. ¿Se acerca de veras esa libertad tan largamente esperada? Esa libertad de la que tanto se ha hablado, ¿no es demasiado hermosa, parecida a un cuento de hadas, para que se transforme en realidad? Este año, 1944, ¿va a darnos la victoria? Aún no lo sabemos, pero la esperanza nos hace renacer, nos devuelve el valor, nos restituye las fuerzas. Porque va a ser necesario soportar valerosamente muchas angustias, privaciones y sufrimientos. Se trata de permanecer tranquilos y de resistir.
[…]
Muchas personas encuentran bella a la naturaleza; muchos pasan la noche en el campo, quienes están en cárceles y hospitales, aguardan el día en que podrán gozar de nuevo del aire libre, pero hay pocos que están como nosotros; encontrados y aislados con su nostalgia de lo que es accesible tanto a pobres como a ricos.
Mirar el cielo, las nubes, la luna y las estrellas me apacigua y me restituye la esperanza; no se trata, en verdad, de imaginación. Es un remedio mucho mejor que la valeriana y el bromuro. La naturaleza me hace humilde y me preparo a soportar todos los golpes con valor.
[…]
He ahí la dureza de esta época. tan pronto como los idealismos, los sueños, las bellas esperanzas han tenido tiempo de germinar en nosotros, son súbitamente atacados y del todo devastados por el espanto de la realidad.
Asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas, puesto que parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, me aferro a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad innata del hombre. Me es absolutamente imposible construirlo todo sobre una base de muerte, miseria y confusión.
[…]
Me compadezco del dolor de millones de personas; y, sin embargo, cuando miro el cielo, pienso que todo eso cambiará y que todo volverá a ser bueno, que hasta estos días despiadados tendrán fin, y que el mundo conocerá de nuevo el orden, el reposo y la paz.
Mientras lo espero, pongo mis pensamientos al abrigo y velo por ellos, para el caso de que, en los tiempos venideros, puedan todavía realizarse.

— El diario de Ana Frank

 

Licenciada en filosofía, ética y valores humanos.

El espacio ideal para aprender a navegar a través de la complejidad y la incertidumbre de los desafíos éticos.