
¿Alguna vez has sentido que el mundo está lleno de reglas que cambian según quién las juegue? O peor aún, ¿has conocido a alguien que predica una pureza casi angelical pero actúa de forma completamente opuesta en las sombras? Vivimos en una sociedad obsesionada con las apariencias, y en ese laberinto de la conducta humana, suelen confundirse con mucha frecuencia los conceptos de la hipocresía y la doble moral.
Aunque a primera vista parecen lo mismo porque ambas nacen del engaño y la falta de autenticidad, tienen raíces y mecanismos diferentes. Entender su distinción es una herramienta para entendernos mejor y para descifrar los grandes conflictos que los escritores y artistas han plasmado en las páginas y lienzos de la historia universal.
Las Máscaras del Parecer
Si somos honestos, veremos que no estamos exentos de caer tanto en lo uno como lo otro. La cuestión es que recurrimos a las máscaras del parecer, la hipocresía y la doble moral, porque nuestros intereses pueden ser más importantes que ser honestos y justos. En principio, nos vemos confrontados al dilema entre lo que se supone es lo debido y correcto, y aquello que realmente albergamos en nuestros corazones, que no siempre es bueno.
Cuando somos hipócritas engañamos a los demás para salvar las apariencias, cuando hacemos uso de la doble moral nos damos ciertas licencias que le negamos a otros. De esta manera, tenemos una moral para uno mismo y otra para los demás, una moral en casa y otra en la calle.
La hipocresía
Empecemos por la hipocresía, que es, en esencia, el arte de la simulación. Cuando hablamos de un hipócrita, estamos ante alguien que finge tener virtudes, principios, creencias o sentimientos que en realidad no posee. El motor de la hipocresía es el engaño sobre la propia identidad. Quien la practica busca una recompensa social o material a través de una fachada.
La hipocresía es el fracaso en seguir las propias reglas y principios morales expresados por uno mismo. Según el filósofo político británico David Runciman, el hipócrita practica diferentes tipos de engaño, y utiliza de manera consciente una máscara para engañar a los demás.
Las afirmaciones de conocimiento del que uno carece, las afirmaciones de una coherencia que no se puede sostener, las afirmaciones de una lealtad que uno no posee, las afirmaciones de una identidad que uno no puede sostener.
― David Runciman, autor de Political Hypocrisy: The Mask of Power, from Hobbes to Orwell and Beyond
La doble moral
Por otro lado, la doble moral se trata de aplicar la ley con dos balanzas diferentes. Es el famoso doble rasero. Se trata de la valoración de las personas o grupos según criterios diferentes. Consiste en juzgar una misma acción de manera estricta y severa cuando la comete otra persona, pero justificarla, perdonarla o minimizarla cuando la cometemos nosotros o alguien de nuestro grupo. Si la hipocresía se basa en la mentira, la doble moral se basa en la injusticia y la falta de equidad.
La doble moral implica que dos cosas que son iguales se miden con diferentes estándares.
― Margaret Eichler, autora de The Double Standard: A Feminist Critique of Feminist Social Science
La doble moral trasgrede el principio de la imparcialidad. Esto es la aplicación de los mismos criterios a todas las personas sin influencias de prejuicios o tratos diferenciados, principio fundamental de la justicia.
entendiendo la hipocresía y la doble moral en la vida y el arte
La diferencia radica en que la doble moral se refiere a un comportamiento que no es justo, mientras que la hipocresía en sí es un engaño en beneficio de la propia reputación, y en esencia se refiere a un comportamiento deshonesto.
La verdad exige un corazón valiente y la justicia un corazón bondadoso: ¿Qué tan valientes somos? ¿Qué tan bondadosos somos?
Tartufo
En la literatura, no hay mejor ejemplo de esto que Tartufo, el inmortal personaje de Molière. Tartufo se presenta ante un noble adinerado como un hombre de una piedad religiosa extrema, un puritano que se escandaliza por cualquier minucia. Sin embargo, bajo esa capa de santidad, es un manipulador codicioso que intenta quedarse con los bienes de su benefactor y seducir a su esposa. El dilema que plantea la obra es fascinante: ¿cómo desenmascarar a un hipócrita cuando la sociedad castiga a quien se atreve a cuestionar la supuesta virtud? Al final, la verdad solo sale a la luz cuando se le obliga al impostor a actuar sin su máscara, demostrando que la hipocresía siempre colapsa cuando se enfrenta a la cruda realidad.
El triunfo de la hipocresía
Si la literatura nos permite escuchar los monólogos internos de estos personajes, el arte nos da la oportunidad de verlos directamente a la cara. A finales del siglo XVIII, el caricaturista británico Thomas Rowlandson plasmó esta misma genialidad en su grabado El triunfo de la hipocresía. A diferencia de los retratos solemnes de su época, Rowlandson utiliza la sátira salvaje para denunciar cómo las instituciones y las personas respetables de la sociedad ocultan sus verdaderos deseos bajo una fachada moral o profesional.
En la obra, vemos a personajes solemnes y figuras de autoridad que se muestran entregados a sus nobles labores, a la religión o a la ciencia. Sin embargo, las miradas lascivas y los detalles ocultos en la habitación revelan la cruda realidad: lujuria, codicia por el dinero y un total desinterés por la virtud que tanto predican. Al notar la contradicción entre la pose seria del personaje y sus acciones ocultas, nos damos cuenta de que el artista está exponiendo el triunfo de un mundo donde fingir es la clave para ganar estatus. Es la hipocresía convertida en una comedia visual que expone la verdad humana de forma inmediata.
El triunfo de la hipocresía de Tomas Rowlandson, se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (THE MET).
El retrato de Dorian Gray
La literatura británica nos regaló una radiografía perfecta de esto en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Dorian mantiene una vida pública impecable y asiste a los salones de la alta sociedad victoriana, un entorno que se jacta de una moralidad rígida y puritana. Sin embargo, en secreto, Dorian se entrega a una vida de crueldad y excesos egoístas. Lo interesante es que la sociedad que lo rodea no es ciega del todo, sospechan de sus andanzas, pero lo toleran y lo defienden porque es hermoso, rico y guarda las formas en público. Así, Wilde nos muestra el dilema de la doble vida. Dorian prefiere destruir su alma, que se pudre en un cuadro escondido en su ático, antes que renunciar a los privilegios de una sociedad hipócrita que perdona cualquier pecado moral siempre y cuando no se convierta en un escándalo público.
El sí de las niñas
A veces, esta doble moral y la hipocresía se entrelazan de forma trágica para aplastar a los más vulnerables, obligándolos a adoptar estas conductas para poder sobrevivir. Esto es lo que retrata magistralmente Leandro Fernández de Moratín en El sí de las niñas. En esta obra, vemos a Doña Irene, una madre que presume de una estricta educación moral y religiosa, pero que, por puro interés económico, obliga a su joven hija Francisca a casarse con un hombre millonario que le cuadruplica la edad. Doña Irene cae en la doble moral de justificar su codicia bajo el nombre de deber familiar.
El dilema para la joven Francisca es devastador, porque implica obedecer a su madre diciendo un sí falso, lo que la convertiría en una hipócrita por el resto de su vida, o rebelarse y ser señalada como una deshonra. Moratín utiliza esta historia para enseñarnos que una sociedad que educa en la sumisión y el miedo, en realidad está enseñando a mentir.
inautenticidad
Aunque la hipocresía y la doble moral caminan de la mano por el sendero de la inautenticidad, sus caminos se bifurcan en la intención y el método. El hipócrita miente sobre su ser para ganar aprobación, el practicante de la doble moral deforma la justicia para su propia conveniencia.
Obras como Tartufo, El retrato de Dorian Gray, El sí de las niñas y el grabado de Rowlandson nos recuerdan que estas conductas no pertenecen solo a los libros de historia o a los museos. Siguen vivas hoy en nuestras redes sociales, en la política y en nuestras relaciones cotidianas. Reconocer la diferencia entre el ser y el parecer, y exigirnos el mismo estándar que exigimos a los demás, es el primer paso para desprendernos de las máscaras y construir una vida más honesta y humana.