Ayala: el sentido moral

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Francisco Ayala nos recuerda que la moral no es un simple mecanismo de adaptación, sino un fruto inesperado de nuestra racionalidad. Este artículo es una invitación a recorrer el cruce entre biología y filosofía, entre ciencia y sensibilidad.

El fruto inesperado de nuestra racionalidad

Todos tenemos un sentido moral y según Francisco Ayala, profesor de biología evolutiva en la Universidad de California, este sentido es un subproducto de nuestra evolución. En su artículo en PNAS encontramos que el comportamiento ético no puede explicarse directamente por selección natural. La moral no es una adaptación al ambiente de la cual nos beneficiamos. Más bien, es la racionalidad humana la que produce los juicios morales. 

La capacidad ética es el resultado de una evolución gradual, pero es un atributo que solo existe cuando los atributos subyacentes (es decir, las capacidades intelectuales) alcanzan un grado avanzado. Las condiciones necesarias para el comportamiento ético solo se producen después del cruce de un umbral evolutivo. 

— Francisco J. Ayala, The difference of being human: Morality en PNAS 

Es importante resaltar que este fruto inesperado es un subproducto evolutivo. Esto significa que el sentido moral no es una adaptación evolutiva diseñada para la supervivencia, sino un subproducto de nuestras capacidades intelectuales. Es decir, que emerge como consecuencia de la evolución de capacidades intelectuales más generales, como el lenguaje o la memoria.

Asimismo, resaltamos la importancia del concepto de umbral evolutivo. Porque la moral aparece solo cuando nuestras capacidades cognitivas alcanzan un nivel avanzado. Es decir, primero evolucionan funciones como la inteligencia abstracta y la capacidad de anticipar consecuencias, y solo después se abre la posibilidad de formular juicios morales. En este sentido, la moral es inseparable de la racionalidad humana: no proviene de la selección natural directa, sino de la compleja arquitectura mental que la evolución hizo posible.

El sentido moral Según Ayala

Ayala describe el sentido moral como nuestra predisposición a evaluar algunas acciones como «virtuosas o moralmente buenas, y otras como malas o moralmente malas». Se trata de una predisposición íntima que nos lleva a distinguir entre lo virtuoso y lo malo, entre lo que merece ser llamado justo y lo que debe ser rechazado. No se trata de un cálculo frío, sino de un impulso humano que nos invita a juzgar nuestras acciones en relación con los demás.

La moralidad, en este horizonte, es el impulso a juzgar nuestras acciones como correctas o incorrectas, en términos de las consecuencias para otras personas. Podemos comprenderla como la brújula que orienta nuestra conducta hacia el bien común: un movimiento interior que reconoce que nuestras decisiones nunca son solitarias, pues siempre dejan huella en la vida de otros.

En este sentido, los humanos son seres morales por naturaleza porque su constitución biológica determina la presencia en ellos de las tres condiciones necesarias para el comportamiento ético. Estas condiciones son ( i ) la capacidad de anticipar las consecuencias de las propias acciones; ( ii ) la capacidad de hacer juicios de valor; y ( iii) la capacidad de elegir entre cursos de acción alternativos. Estas habilidades existen como consecuencia de la eminente capacidad intelectual de los seres humanos. 

— Francisco J. Ayala, The difference of being human: Morality en PNAS 

De manera poética, el sentido moral es como una lámpara encendida en nuestro corazón: ilumina el camino no solo para uno mismo, sino para quienes caminan a nuestro lado.

La racionalidad humana es responsable de los juicios morales

Para Ayala, la selección natural en el Pleistoceno no buscaba directamente la moralidad, sino el desarrollo de la capacidad intelectual. De manera especial, nuestras capacidades intelectuales dan origen a nuestro sentido moral. Ese despliegue de la inteligencia abre la posibilidad de anticipar consecuencias, evaluar acciones y elegir con responsabilidad.

El sentido moral, como he propuesto, surge como una implicación necesaria de nuestros altos poderes intelectuales, que nos permiten anticipar las consecuencias de nuestras acciones, evaluar tales consecuencias y elegir en consecuencia cómo actuar. 

— Francisco J. Ayala, The difference of being human: Morality en PNAS 

Gracias a nuestras facultades racionales, no solo sobrevivimos, sino que además nos interrogamos: ¿Qué efecto tendrán mis actos en mi vida y la vida de otros? De allí nace el sentido moral, inseparable de nuestra naturaleza y de nuestro intelecto.

Ayala distingue con precisión entre este sentido moral —común a todos los seres humanos— y las normas morales que cada sociedad construye. El primero es universal, mientras que las segundas son históricas y cambiantes. El sentido moral es nuestra capacidad ética, que es producto de la evolución biológica. Así, nuestro sentido moral está estrechamente relacionado con nuestra naturaleza humana y nuestro intelecto. Mientras que las normas morales o los códigos éticos son el producto de la evolución cultural y la historia humana.

Así, aunque todos compartimos la brújula interior que nos orienta hacia el bien, las reglas que seguimos se transforman con el tiempo: nuestra generación ha visto cómo se modifican las percepciones sobre el divorcio, el consumo de marihuana o la homosexualidad.

Conclusión: la ética se revela como horizonte compartido

El sentido moral, dice Ayala, no es una herramienta tallada por la selección natural, sino una chispa inesperada que brota del tejido de nuestra racionalidad. Como un fruto que no estaba previsto en el árbol de la evolución, la moral aparece cuando nuestra inteligencia alcanza la capacidad de preguntarse por el bien y el mal.

Nuestra racionalidad, al anticipar consecuencias y elegir con responsabilidad, abre el espacio para los juicios morales universales. Sin embargo, las normas que seguimos son históricas y cambiantes: reflejan la cultura, la época y las transformaciones sociales que vivimos.

En este cruce entre biología y cultura, entre razón y sensibilidad, la ética se revela como un horizonte compartido.