Amor

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Tradicionalmente comprendemos el amor como un sentimiento fuerte que nos permite experimentar relaciones afectivas positivamente sentidas. Sin embargo, no es tan solo un sentimiento, también es una virtud, una firme disposición a hacer el bien a los demás: actuar con compasión, buscar la justicia y priorizar el bienestar de los demás. 

Sinónimos

Pasión, intimidad, devoción, cariño, afecto, ternura, adoración, empatía, compasión, bondad, admiración, magnanimidad, predilección, querer, unidad, unión, conexión, simpatía, respeto. 

Etimología

La palabra proviene del latín amor, relacionado con la raíz indoeuropea amma que significa madre y la voz infantil para llamar a la madre. De esta manera, el origen de la palabra amor está estrechamente relacionado con nuestras ideas de cariño y afecto ya sea en un plano fraternal, romántico o amistoso. 

Que el amor provenga de amma, la voz infantil para llamar a la madre, nos conecta con la raíz del cuidado. Así, el amor como palabra ya es metáfora de origen.

Definición

La palabra amor no define el amor. De hecho, en algunos idiomas, como el papú, la palabra no existe o, por el contrario, el concepto está ampliamente definido como sucede en el español. La variedad de definiciones hace el término impreciso y provoca dificultades en su interpretación, como se lee en el Diccionario de la Real Academia Española:

  1. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. 
  2. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
  3. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
  4. Tendencia a la unión sexual. 
  5. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor.
  6. Persona amada.
  7. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella. […] 

El amor no es una estrella solitaria

Aunque estemos todos de acuerdo con que el amor es la emoción más poderosa que podemos experimentar, en el día a día nos resulta difícil dar una explicación razonable sobre lo que es. Porque nuestros sentimientos son diferentes según las situaciones y las personas, además cambian con el paso del tiempo. Lo que sentimos por nuestra pareja no es el mismo amor que sentimos por nuestros amigos o nuestros padres, y tanto lo que sentimos por nuestra pareja como por nuestros amigos puede cambiar con el tiempo. 

El amor no es una sola cosa, en la antigua Grecia utilizaban 7 palabras para definir los diferentes estados de amor. Esta perspectiva griega nos invita a verlo no como una estrella solitaria, sino más bien como una constelación, donde cada forma —storge, philia, eros, ágape, ludus, pragma, philautia— es una estrella que ilumina un aspecto distinto de nuestra experiencia. Así, el amor se convierte en un cielo lleno de estrellas que dialogan entre sí. 

Nuestros sentimientos son diferentes según las situaciones y las personas

  • Storge (El amor familiar): vínculo originario, cuidado que funda la comunidad —afecto natural, el sentimiento que compartimos con la familia—. En su forma poética es el murmullo de amma, la voz infantil que inaugura la ternura.
  • Philia (La amistad virtuosa): Aristóteles la entiende como reciprocidad y cultivo del bien compartido —lo que sentimos por los amigos—. En su forma poética son las raíces que se entrelazan bajo la tierra, sosteniéndose mutuamente en silencio. 
  • Eros (La llama del deseo): el impulso vital —la atracción y el deseo sexual y erótico (positivo o negativo)— que nos confronta con la finitud y la búsqueda de lo bello. En su forma poética es la chispa que incendia la noche, recordándonos que la pasión es también fragilidad. 
  • Ágape (La benevolencia universal): amor como virtud, disposición estable hacia el bien del otro —sentimiento benevolente o amor divino—. En su forma poética es un río que fluye sin preguntar, regando campos ajenos con generosidad.
  • Ludus (El juego amoroso): recordatorio de que el amor también es ligereza, danza y libertad —sentimiento juguetón, como amor infantil o flirteo—. En su forma poética son las mariposas que se persiguen en el aire, sin destino fijo. 
  • Pragma (El amor duradero): compromiso que se sostiene en el tiempo, virtud de la constancia —sentimiento de larga data como el amor en una pareja casada—. En su forma poética son las piedras que forman un puente, resistiendo el paso de las aguas.
  • Philautia (El amor propio): condición necesaria para amar a otros con justicia —el amor del yo (negativo o positivo)—. En su forma poética es un espejo que devuelve no solo la imagen, sino la posibilidad de cuidarse.

El amor es fuego y fundamento

El amor, tantas veces reducido a emoción o pasión, es tanto fuego que consume como fundamento que sostiene. ¿Qué sería del amor sin filosofía o sin poesía? La filosofía nos ofrece categorías y rigor; la poesía nos regala imágenes y resonancias. Juntas dibujan un mapa simbólico que invita a pensar el amor no solo como sentimiento, sino como práctica de justicia y cuidado.  

Introducción

Cuando la filosofía habla del amor comienza la discusión con la pregunta sobre su naturaleza. Así, encontramos que algunos filósofos opinan que es posible el estudio de su naturaleza. Mientras que otros están convencidos que es conceptualmente irracional, algo así como un caleidoscopio de emociones que desafían el examen racional. No obstante, los problemas de definición y significado se resuelven hasta cierto punto mediante la referencia a los términos griegos, eros, philia y ágape. 

Eros: el deseo sexual 

La mitología griega representa a eros (en griego erasthai) como un hermoso joven alado, armado con un arco y flechas, la encarnación del deseo y símbolo de la naturaleza impredecible y caprichosa del amor. De manera concreta, se trata de la pasión sexual: un deseo o anhelo primario, egoísta e irracional que nos desvía de la razón y la lógica.  

En la discusión de Platón en el Simposio, encontramos que el amor es un valor intrínsecamente más alto que el deseo sexual, el cual es una reacción deficiente a la belleza física en particular, una reacción que debemos desarrollar en una respuesta a la belleza del alma de una persona. Por tanto, eros no es una forma adecuada de amor, ya que se trata de un orden inferior de reacción y estímulo que un amor que nace en la razón y la exploración de ideas en la búsqueda de la belleza ideal. Mientras que, para Aristóteles, eros representa un exceso negativo de la philia, razón suficiente para evitarlo en nuestras relaciones. 

Philia: el vínculo resistente 

Philia (del griego φιλíα, philía) a menudo se traduce como amor fraterno, un amor que encierra la amistad y el afecto. Contrario a la naturaleza apasionada y transitoria de eros, la philia encarna una forma de amor arraigada en un cariño y un aprecio compartido, en una especie de beneficio mutuo compartido. Para los antiguos griegos, este beneficio mutuo implicaba la amistad, el compañerismo y la lealtad a la familia y a la polis: la comunidad política y el trabajo. 

En el libro VIII de Ética a Nicómaco, Aristóteles describe la philia como una buena voluntad recíproca, y explica que se trata de una virtud muy importante y necesaria para la vida, porque nadie desea vivir sin amigos. Así, la reciprocidad es una condición de esta forma de amor. No obstante, la primera condición para la forma más elevada de philia es el amor propio, el cual es un reflejo de nuestra búsqueda de lo noble y virtuoso con el objetivo de alcanzar una vida reflexiva.  

La philia aristotélica debe entenderse como la experiencia guiada por la virtud, y puede caracterizarse como aquella virtud que, perfeccionando la virtud de la justicia, hace posible la constitución de la comunidad política desde las múltiples formas éticas de relación de los ciudadanos entre sí.    

Ágape: querer el bien 

La palabra griega ágape (ἀγάπη) significa respeto, afecto, benevolencia, buena voluntad y preocupación por el bienestar de la persona amada. Se trata de un amor altruista, desinteresado y reflexivo, en el que tenemos en cuenta sólo el bien de la persona amada.  

Ágape se encuentra estrechamente relacionado con la ética judeocristiana, ya que alcanza su máxima expresión en los atributos de la teología cristiana de la caridad, la humildad, la compasión, la devoción y el sacrificio. De manera especial, esta forma de amor se refiere al amor de Dios por nosotros y de nosotros por Dios, un amor fraternal que se extiende a toda la humanidad. 

Este universalismo del ágape es una invitación a la lógica de «es mejor dar que recibir», una forma de amor que se manifiesta en la persona virtuosa que quiere el bien y extiende el amor a los demás. Esta forma de amor es considerada la más elevada porque trasciende nuestros deseos egoístas, y abarca la compasión universal y desinteresada por todo lo que existe. Contrario a la philia, ágape busca el bienestar de los demás en un amor que no espera nada a cambio. 

Así, la forma más elevada de la vida sabia y virtuosa tiene lugar a través de ágape. No obstante, el quid del asunto es su significado para nuestras formas de amar: nunca amaremos de verdad si no podemos superar la dependencia y el deseo egoísta de obtener algo de la otra persona. 

El nacimiento de Venus: el amor como aparición y don 

Tras recorrer los términos griegos, eros, philia y ágape, podemos abrir un espacio para la imagen. En El nacimiento de Venus, Botticelli nos muestra a la diosa emergiendo de la espuma del mar, sostenida por el soplo de los vientos y recibida por la tierra con un manto. Esta escena no es solo mito: es metáfora del amor como acontecimiento que irrumpe, como don que se nos ofrece.

Filosóficamente, esta escena encarna el amor como impulso hacia lo bello. Platón ya anotaba que el amor es deseo de belleza, y aquí la belleza se manifiesta como nacimiento perpetuo, como aparición que funda la posibilidad misma de amar. 

Poéticamente, Venus desnuda y vulnerable encarna la paradoja del amor como fuerza que nos expone y nos transforma. La concha que la sostiene es umbral: amar es atravesar un límite, abrirse a lo desconocido. 

En la constelación del amor, Venus es su rostro visible, la estrella que marca el inicio del recorrido. Su aparición simboliza Eros, pero la pintura también anticipa el tránsito hacia otras formas de amor: el manto que se extiende para cubrirla es gesto de cuidado (storge), y el soplo que la impulsa es juego y ligereza (ludus). 

Así, Botticelli nos regala una imagen que no solo ilustra el mito, sino que dialoga con la ética: el amor como don que se nos ofrece, como nacimiento que nos recuerda que cada forma de amar es también un modo de recibir y de cuidar. 

Descripción

Podemos decir que el amor es un sentimiento fuerte con una actitud de conexión íntima y profunda con una persona -o grupo de personas como la familia-, que excede el propósito o beneficio de una relación interpersonal. Generalmente, este sentimiento se expresa a través de afecto, aprecio y respeto. 

Tomás de Aquino (Santo Tomás), en su Suma Teológica, nos presenta el amor en dos contextos: en su discusión de las pasiones y en su discusión de las virtudes. Según la visión de Tomás de Aquino, también podemos decir que es tanto una pasión como una virtud

Así, pues, consistiendo el amor en una inmutación del apetito por el objeto apetecible, es evidente que el amor es una pasión: en sentido propio, en cuanto se halla en el concupiscible; y en sentido general y lato, en cuanto está en la voluntad.

― Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q. 26, a. 2

Las pasiones o emociones «conmovidos por» (e-motus), lo que Platón llama el alma concupiscible (pasiones y deseos más vinculados al cuerpo), como la ira o el miedo, son cosas que simplemente nos suceden. Por ejemplo, solo sentimos miedo, no elegimos sentirlo. Por lo tanto, el amor como pasión no es algo que se elige, sino que simplemente sucede. 

Mientras que las pasiones simplemente nos suceden sin que podamos hacer nada al respecto, las virtudes como la honestidad, la templanza o la compasión, son cosas que tenemos, cosas que hemos aprendido y convertido en hábitos: disposiciones establecidas, que dan fruto en la acción. En otras palabras, las virtudes son como habilidades que poseemos y que nos permiten actuar de determinada manera. 

Como afirma el Filósofo en II Rhetor., amar es querer el bien para alguien. Así pues, el movimiento del amor tiende hacia dos cosas, a saber: hacia el bien que uno quiere para alguien, sea para sí, o sea para otro, y hacia aquel para el cual quiere el bien. A aquel bien, pues, que uno quiere para otro, se le tiene amor de concupiscencia, y al sujeto para quien alguien quiere el bien, se le tiene amor de amistad. […] Y, por consiguiente, el amor por el que se ama algo para que tenga un bien, es amor en absoluto, y el amor por el que se ama algo para que sea el bien de otro es amor relativo. 

― Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q. 26, a. 4  

El amor es benevolencia

El amor como virtud es una disposición establecida de nuestro carácter, una disposición dirigida por nuestra sabiduría para servir no sólo a nuestro florecimiento, sino también para querer y hacer el bien a los demás. No se trata de sentimientos o apegos emocionales, más bien, es un llamado a trascender el propio egoísmo y ser considerados con los sentimientos y necesidades de las personas que nos rodean. 

El bien es causa del amor a modo de objeto, como se ha indicado (a.1). Mas el bien no es objeto del apetito sino en cuanto es aprehendido, y, por tanto, el amor requiere una aprehensión del bien amado. Por esto dice el Filósofo en IX Ethic. que la visión corporal es el principio del amor sensitivo. Y, de manera semejante, la contemplación de la belleza o bondad espiritual es el principio del amor espiritual. Así, pues, el conocimiento es causa del amor por la misma razón por la que lo es el bien, que no puede ser amado si no es conocido. 

― Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q. 27, a. 2 

El amor une todos los aspectos e intenciones que son constructivos, benevolentes, afectuosos, incondicionales y de naturaleza solidaria como la confianza, la empatía, el afecto, la generosidad o el idealismo, entre muchos otros. 

La benevolencia, en sentido propio, es un acto de la voluntad que consiste en querer un bien para otro. […] En conclusión, el amor de dilección, considerado como acto de caridad, implica, en verdad, benevolencia, pero añadiendo, en cuanto amor, una unión afectiva. Por eso afirma allí mismo el Filósofo que la benevolencia es principio de amistad.

― Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, q. 27, a. 2  

De forma única y particular, el amor es una virtud que desencadena otras virtudes como el perdón o la compasión, además puede crear sistemas de valores como la familia o la amistad. Por esta razón, podemos comprender el amor como un compromiso ético con el bienestar de los demás, que transforma nuestro comportamiento moral y nuestras interacciones con las personas que nos rodean. 

El amor contemporáneo: constelación en movimiento

El amor encierra un grado de identificación profundo con el objeto de nuestro amor, por tanto, lo amado no se encuentra en la inclinación del agrado y del gusto. Que alguien o algo nos agrade o nos guste no significa necesariamente que lo amemos. 

De manera concreta, la filosofía nos explica el amor desde cuatro puntos de vista diferentes: el amor como unión, el amor como preocupación robusta, el amor como valoración y el amor como emoción.

  • En el amor como unión, dos personas autónomas que se aman forman una unión significativa y crean una tercera unión, un nosotros que es más importante que cada una de las partes y, de hecho, trasciende al yo individual.
  • La idea del amor como preocupación robusta rechaza esta noción de un nosotros, y abarca la noción de un deseo desinteresado en el bienestar del otro, por su beneficio y no porque ganemos algo con ello.  Así, nuestro anhelo del bien supera cualquier deseo de posesión.
  • El punto de vista filosófico moderno es el del amor como valoración de la otra persona. Amar así, es valorar o apreciar a una persona por sí misma, y amamos así, poniendo nuestra atención en la dignidad de la persona amada.
  • Finalmente, llegamos a la perspectiva emocional del amor, por un lado, se trata de la reacción o respuesta física al objeto de nuestro amor y, por otro lado, el amor no es solo una emoción que sentimos, sino también una compleja unión de las emociones que hay entre las personas: una forma especial de interdependencia emocional.

«Pasión inútil»

Si bien aún entendemos el amor como pasión y como virtud, en nuestros días el amor es abordado como un fenómeno de la conciencia y se explica desde sus causas psicológicas. Por ejemplo, para Freud es deseo y sufrimiento, mientras que para Sartre es una empresa contradictoria condenada de antemano al fracaso: «Amar es, en esencia, el proyecto de hacerse amar». En nuestro intento por adueñarnos del otro alienamos la libertad, ya sea la propia o la del otro. Por eso somos «pasión inútil». La cuestión es que sólo podemos amar en libertad en un intento por abarcar el bien en su totalidad y la necesidad de darlo todo, como lo explica Nietzsche: «un desbordamiento hacia algo ilimitado». 

Teorías sobre el amor

Partiendo de lo anterior, hoy la contemporaneidad nos invita a pensar el amor como práctica en transformación constante. El fuego de Eros, la raíz de Philia y el río de Ágape se despliegan en un mundo marcado por la hiperconexión, la diversidad y la urgencia del cuidado. 

Amor como cuidado y ética relacional

Amar hoy es «tejer redes invisibles» que sostienen lo frágil, como manos que se extienden en medio de la incertidumbre. La filosofía contemporánea, desde la ética del cuidado (Carol Gilligan, Joan Tronto), entiende el amor como práctica de atención y responsabilidad hacia el otro. No es solo emoción, sino tejido de vínculos que sostienen la vida. Amar, entonces, es atender, sostener y responsabilizarnos del otro. En tiempos de fragilidad global, el amor se convierte en tejido que mantiene la vida. 

Amor como justicia social

El amor es «semilla que rompe el asfalto», germinando incluso en territorios hostiles. Gloria Jean Watkins (bell hooks) habla del amor como acto político, donde elegir amar es resistir la lógica del dominio y abrir espacio para la equidad. Así, el amor se convierte en fuerza transformadora contra la violencia y la opresión. 

Amor líquido y frágil

Amar es «sostener un hilo en medio del río digital», intentando que no se rompa en la corriente de lo inmediato. Zygmunt Bauman describe el «amor líquido» como vínculos frágiles, efímeros, moldeados por la velocidad y el consumo. Aquí el amor se enfrenta a la tensión entre libertad y estabilidad, entre deseo de ligereza y necesidad de permanencia. 

Amor plural y diverso

El amor es «constelación abierta», donde cada estrella brilla con su propia intensidad sin necesidad de ocultar a las demás. Judith Butler y los feminismos queer amplían la constelación hacia lo múltiple, aquí el amor no tiene una sola forma legítima: amar es reconocer la diversidad de cuerpos, géneros y afectos.

Amor propio y autocuidado

Amar es «volver al espejo sin miedo», reconociendo la vulnerabilidad como fuente de fuerza. En un mundo marcado por la productividad y el desgaste, el amor propio se convierte en resistencia. Cuidarse es condición para cuidar. El espejo del amor propio devuelve la posibilidad de sostener a otros con justicia y sensibilidad. 

Conclusión: el amor es la virtud que desencadena todas las demás

Platón y Aristóteles nos muestran que el amor puede ser visto como deseo, como amistad virtuosa o como benevolencia universal. Cada forma abre una puerta distinta hacia la ética: eros nos confronta con el límite de la pasión, philia nos invita a la reciprocidad y ágape nos llama a la compasión desinteresada. 

Por su parte, Tomás de Aquino nos enseña a distinguir entre el amor como pasión (algo que nos sucede) y el amor como virtud (una disposición estable que cultivamos). Precisamente, al cultivar esta disposición estable el amor se convierte en práctica ética, es decir, en un hábito que orienta nuestra vida hacia el bien. 

Desde Platón hasta Tomás de Aquino, desde Nietzsche hasta las voces contemporáneas, el amor se revela como un campo de tensiones y paradojas: fuego que consume y fundamento que sostiene.

Hoy concebimos el amor como práctica ética y política, como resistencia frente al individualismo y como apertura a la diversidad. Es líquido y frágil y no se reduce a lo íntimo, más bien debemos comprenderlo como una fuerza que atraviesa lo social, lo tecnológico y lo comunitario. 

En suma, el amor no se agota en la pasión ni en la emoción, es el hilo que teje la trama de lo humano y nuestra vida compartida desde la virtud, el compromiso y la benevolencia. Y, si pensamos el amor como benevolencia, podemos imaginarlo como un río que desencadena todas las demás virtudes.